Obsesión


 
—¡Marisabel! ¡Marisabel!
El grito de la vieja se abocinaba por la puertecilla de la cocina abierta al corral. Un soplo de brisa sacudió una mata de gallitos y las semillas cayeron repiqueteando una risotada burlesca. La muchacha saltó de una enjalma que, a tope de un cajón, le servía de parapeto para hablar con su novio, Luciano, por sobre la bardas florecidas de pascuas en aquella mañana de diciembre, lisa, fría y azul como una hoja de cuchillo.
El pasitrote de un caballo se alejaba por el camino lindero.
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*          *
—¡Marisabel!— repitió el eco, acurrucándose lejano tras unos naranjos.
Y cuando la muchacha se presentó al fin, fingiendo que se secaba las manos en el delantal, desbordóse iracunda la voz materna:
—¿Dónde estabas metida, demonia?
—Le estaba poniendo agua a los pollitos.
—¿Agua a los pollitos? Las criaturas de Dios tienen bastante con la que El les da. ¿Por qué no te has vestido para misa? ¡No me respondas, que yo sé! Porque le estabas avisando a ese muérgano que íbamos a misa de siete; ahora no sales de casa en todo el día, ¿sabes? Mira: tú vas a traernos la perdición encima; ya me duele el hocico de decírtelo: que no, que no y que no. Que no queremos amores con ese hombre y aunque te haya jurado palabra de matrimonio, no te casas con él mientras tus padres tengan los huesos de punta, ¿comprendes? ¿Tú crees que si ese mozo sirviera para algo, no buscaría una cosa mejor que tú entre su gente de Caracas, en vez de venir a enamorar una campurusa? Pero, él no es sino un sinvergüenza, un borrachín, un pendenciero. Por eso está aquí zampado en la hacienda y en el pueblo no pueden aguantarlo. Quítate esos humos de la cabeza, mijita; si no, vas a ser muy desgraciada.
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*          *
Contra amenazas, encierros y sermones, María Isabel, la chinga, se casó con Luciano.
Fue  la boda un acontecimiento en el pueblecillo lleno de granjas y de casas cuadradas que parecían haber caído rodando del Ávila y que al resbalar por las laderas se hubieran traído engarzadas en los picos de las tejas las enredaderas de los barrancos.
Para los rústicos significó un escándalo del que no había igual de muchos años atrás, cuando la hija del farmacéutico se fugó con un secretario de la jefatura civil; para los temporadistas de la capital un chisme distinto a las hablillas de su círculo. El suceso se comentó en las cocinas, junto a las zubias de los sembrados, en la estación del ferrocarril a la hora del paso del tren y aún más en las tertulias aguardentosas de la ranchería donde Luciano era tercio obligado.
—¡Luciano se casó con la chinga!
Pero, a los pocos días de tenerla en la hacienda, se casaba con ella, con ostentación, como desafío a la repulsa de los padres de la niña.
¡Era verdad que la quería!
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La pequeña iglesia poblana, de una sola nave, se vio en la noche nupcial atestada de curiosos. La muchacha estaba linda con su velo de novia, sus azahares, su naricilla retadora-sobre la cual los ojos almendrados de mestiza parecían ver alma adentro-y su barbilla partida en dos como algunos duraznos parchos.
El novio, muy serio, muy brusco, respondió a las preguntas rituales del sacerdote:
—Sí, la quiero.
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Luciano no había vuelto más a la jugada, ni a la gallera, ni frecuentaba los joropos, como antes, con el pelo de gama ladeado, el liquilique abierto, dejando ver en la faja burrera, como un alarde, la cacha del revólver.
Pero una noche, a las diez, se metió jinete en la pulpería, sofrenando el caballo cuando iba a llevarse de pecho el mostrador y lo saludaron con eco múltiple y jovial:
—¡Adiós, cará!
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*          *
—¡Yo conozco esta cara!, la dije al recibirme con un “¡guá!” admirativo.
—¿No me recuerdas?, preguntó después, poniéndose ambas manos sobre los hombros y acercando su rostro al mío, como para la identificación por el aliento capitoso de rosal campesino: María Isabel.
—¡Marisabel! ¡La chinga! ¿Tú aquí?
Era la misma, fresca, empulpada, restregona con los hombres, haciéndose acariciar a modo de una bestezuela doméstica, pero con ojos evasivos, absortos, siempre mirando hacia dentro. Era la misma que los mocitos caraqueños cortejábamos ene le pueblo, a pesar de la fama de guapeza de su novio, pero más dada, con desenvoltura de mujer que ya conoce su secreto.
¿Cómo había rodado hasta aquella casa de alquiler de amor?
Pedimos unas copas y me contó su novela.
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*          *
—¡Tenían razón los viejos! ¡Luciano no podía dejar el aguardiente!
Pasaron uno, dos meses de luna de miel. Correctísimo, amoroso, de su casa al trabajo y, al amanecer, otra vez la faena. Pero, un sábado, después del pago, se presentó borracho. Una disculpa, un pretexto, unos amigos. Valido del primer perdón, al siguiente día-domingo-no fue ni a almorzar, ni a comer y llegó en la madrugada, en peor estado, áspero, brutal, rechazando los mimos y las caricias.
Ella le reclamó, lloró, y sus lágrimas tuvieron por respuesta unas palabras soeces, que le dieron rabia y después miedo.
Pasadas unas semanas, ya la misma escena se repetía a diario y comenzaron los maltratos; de los empellones se pasó a los golpes; una noche con una de sus manazas de peón apretó las dos suyas que temblaban y con la otra le dio tres cachetadas.
—Mira: si al contártelo me parece que todavía tengo la marca!
Muchas veces, mientras él roncaba sudoroso, humedeciendo la almohada con un vaho de trapiche, María Isabel sintió ganas de huir de su lado, quitarle el revólver y salir corriendo por el campo, sin saber hacia dónde, lejos, muy lejos, donde no la encontrara más nunca.
*
*          *
Fueron días horribles. Y todo… ¿por qué? Por nada, por celos, por fantasías corporizadas en la imaginación del hombre cuando la locura alcohólica le alborotaba los sesos. Si reía, porque estaba acostumbrada a pelarles el diente a los machos; entonces manifestábase seria y era porque pretendía hacerse interesante, ¡la mártir!
Y la insultaba, le pegaba, la estrujaba, la tiraba sobre el lecho, y se dormía echado casi encima de ella, dejándole en los brazos y en los senos la huella de mordiscos bestiales.
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*          *
¡Aquello fue el colmo! Si ella no se agacha, le quita la cabeza con el florero que le tiró y que estrellóse contra el copete de la cama.
—¡Tú no puedes ser sino lo que eres! ¡Perra!
Y se abalanzó contra ella; pudo dominarlo abrazándole y buscando besarle en la boca.
Rodaron a la cama y al amanecer, mientras él roncaba y sudaba, María Isabel le retiró una pierna velluda que le tenía echada encima —parecíale que los vellos, como púas de alambre, iban a hincarle los dedos…
Y salió a la calle. Tiritaba de frío y de susto bajo el abrigo de lana. ¡Ni un alma en aquellos tortuosos andurriales!
Cuando las primeras recuas campanilleaban en el camino, tocó en la puerta de sus padres.
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*          *
—¿Nosotros no te lo dijimos? Ahora aguántate! Ya es tu marido; es un borracho, te pega…. ¡Bueno! ¡Vuélvete con él y aguántate!
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*          *
¡Volver! ¡No! Si los viejos, rencorosos, no querían acogerla, se iría a otra parte, a la ciudad, a donde le dieran comida, a fregar platos, a pedir limosnas, pero al lado de esa bestia, ¡nunca! Primero arrimada en casa de unos parientes, ¡qué vergüenza! La madrina Eugenia, aunque tampoco la quería mucho, podía ser por el momento su salvación.
Tomó a pie el camino de la ciudad.
 
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*          *
El sol sobre aquella carretera interminable como su desgracia, el polvo, la angustia de sentirse perseguida, viendo a Luciano surgir espantoso, vengativo y ebrio, de cada recodo, al creer que todo trote de caballo que sentía detrás era para alcanzarla y que ya iban a agarrarla por los cabellos, la obligaban a caminar más a prisa; secábansele los labios y sus piernas movíanse automáticas.
Entró a Caracas por los lados de Quebrada Honda. Cuántas cosas extrañas le cruzaron al lado. Los tranvías pasaban rozándole. Imaginaba desfallecer y que la arrastraban vuelta un fardo de huesos rotos y de sangre. ¡Si la arrastrasen de veras y acabar de una vez!
Al aletazo de un mal pensamiento, cogía instintivamente la acera, pegándose a la pared.
—Madrina Eugenia tan lejos, en La Pastora, y yo en Candelaria, sin un centavo!
Vio una casita frente a un hospital. Una casita de hierro refrescada por trepadoras que le cubrían el techo. Las puertas y las ventanas estaban abiertas; por ellas vislumbrábanse las armaduras de un botiquín y unas mesitas, en torno de las cuales charlaban varias mujeres con vasos de cerveza y refrescos por delante. Al verlas, sintió aún más sed… ¡Una caridad no se le niega a ninguno!
Entró a pedir un vaso de agua.
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*          *
¡Qué simpáticas las muchachas! Le trajeron café con leche, después unos sandwichs. Al poco rato tuteábanla como antigua conocida. Confiada, relatóles su historia imaginándola cosa inaudita, pero, ¡qué casualidad!, cada una le contó algo semejante de sí misma, con la diferencia de que ninguna habíase casado con el hombre que la arrancara de casa de sus padres.
No obstante su profundo sentimiento de gratitud y simpatía, María Isabel se sintió superior a ellas y observó que tenían muy pintadas las mejillas y los labios y en la mirada y en el cuerpo una enorme fatiga.
La más afectuosa, una chica reidora que lucía un diente orificado, llamó a la dueña de la casa, una señora muy insinuante, con picaresca gracia de andaluza, y le dijo en secreto a voces:
—Clarisa, ésta no tiene dónde quedarse, ¿por qué no la dejas aquí?
En la noche, María Isabel bailó con un joven de smocking.
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*          *
¿Cómo averiguaría ese diablo dónde estaba?
Muchacho,  el perro de cacería, no hubiera levantado una perdiz con tanto olfato. ¡Claro! Como que Luciano había enloquecido buscándola.
Tres noches pasaron sin que él pudiera pegar los ojos, tanteando en el vacío, estrujando el lienzo húmedo de las sábanas. Tres días preguntando, inquiriendo en los contornos del pueblo, en los recovecos de la hacienda, entre temeroso y avergonzado.
Y cuando fue  a casa de los padres de María Isabel, apenas pasó de la puerta de zaguán, como un mendigo, y le tiraron unas pocas palabras como piedras:
—Ella estuvo aquí, después no sabemos. Búsquela en otra parte.
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*          *
Alguien le dio el rastro y fue a buscarla. Ideas tremendas de venganza le aborrasquinaban el cerebro; pero la encontró sola, sola en un sofacito de mimbre, no esperaba a nadie; llegó como un fantasma y cuando María Isabel abrió la boca para un grito la contuvo: 
—Cállate.
Le tomó ambas manos; ella cerró los ojos, inclinó la cabeza de corderillo y se arrimó contra el pecho de Luciano. La bofetada no se descargó.
Después, reproches, disculpas, lágrimas, perdones, y acabó por tener la culpa él, él nada más. Ella no tenía más pecado que las cuencas de las manos muy tibias y unos labios que sabían besar crispándose.
Una lechuza los condujo al segundo creciente de la luna de miel.
Luciano, en esa renovada etapa, simulaba haberlo olvidado todo, quererla más, como si fuese una mujer nueva. Nunca, ni en el día en que escapara de la casa bardada de pascuas azules, la había besado tan pasionalmente, con mayor furia.
Entre beso y beso una palabra que dicha por él parecía de los dos:
—¡Perdón!
*
*          *
A los ocho días se repitió lo inevitable. Luciano volvió borracho.
Entonces, cuánta rabia, cuántos celos! Un ejército de enemigos donjuanes poblaba el cuarto. Risueños, tendiendo los labios, se aparecían a Luciano en sus visiones todos los hombres que hubieran podido estar en aquella casa, la maldita casa de las enredaderas, durante los tres días en que su mujer le faltó de su lado. Los había de frac, de blusa, jóvenes y viejos y algunos iban desnudos, retorciéndose con desesperados ademanes de lujuria. Todos iban a besar en la boca a María Isabel y sus sombras se desvanecían dentro del arco blanquísimo y mórbido de sus brazos.
—¿Dónde están? ¿Dónde están? Yo los mato, gritaba Luciano, recorriendo la habitación a tumbos, como alucinado, con el revólver en la diestra.
El arma, a la luz de la lamparilla de aceite, brillaba con cierta gracia de juguete. María Isabel, con la cabeza debajo de la almohada, esperaba la muerte.
Luciano se durmió aquella noche mordiéndole más fuertemente los hombros y los senos y gruñendo como un animal:
—A ti, no… Contigo no es… No tengas miedo… Pobrecita, yo te quiero mucho, mucho, mucho…
Sin esperar el alba, María Isabel se fue otra vez. Ya conocía el camino de la casita de hierro cubierta de trepadoras.
*
*          *
Y allí me contaba, entre sorbo y sorbo, los capítulos de su novela.
Concluyó:
—Cuando me le fui por segunda vez, volvió a buscarme, aquí mismo; me lloró, me rogó, se me arrodilló por delante, infeliz, besándome las manos y diciéndome que eran las de una santa, pero, no quise volver con él. Desde entonces me persigue, me espía, y viene a visitarme los jueves y los sábados. Aquí me respeta- ¿verdad, Clarisa?-y no molesta a mis amigos. Entra cuando se convence de que estoy sola y me besa, me muerde hasta sacarme sangre de los labios. Para calmarlo, tengo que llevármelo a mi cuarto.
—¿Y no tienes miedo de que en cualquier borrachera te mate?, interrogué.
-¡Qué va! ¡Me hubiera matado hace tiempo! Es un niño, un enfermo: siempre se duerme sobre mi brazo, llorando. Y en la mañana encuentro sobre la mesita de noche tres o cuatro fuertes. Tú me darías más, pero, ¿a mí qué?, es una obra de caridad; yo sé que le hago falta a ese pobre hombre.
*
*          *
Vimos una sombra chinesca que aparecía, encorvada, y desaparecía, a través del biombo de muselina con ramazones.
María Isabel se levantó de mis piernas y poniéndome otra vez las manos sobre los hombros me dijo:
—Vete, mi amor: ahí está Luciano, hoy es sábado…
*
*          *
La dueña del establecimiento, mientras yo cogía mi sombrero, se levantó refunfuñando:
—Estas románticas lo que hacen es echar a perder el negocio.
 
 
 
 
 
 
 
GLOSARIO
*Adiós. ¡Adiós, cará (caray)! loc interj inf Expresa sorpresa o rechazo. (Tejera, 1983, p. 8)
*Almendrado, da.  (Del part. de almendrar). 1. adj. De forma de almendra. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
*Andurrial. (Etim. disc.; cf. andar1 y andorra). 1. m. Paraje extraviado o fuera de camino. U. m. en pl. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Biombo. (Del port. biombo, y este del jap. byóbu, de byó 'protección' y bu 'viento'). 1. m. Mampara compuesta de varios bastidores unidos por medio de goznes, que se cierra, abre y despliega. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
*Botiquín. m Establecimiento de poca categoría donde se expenden bebidas alcohólicas y se suele jugar billar, naipes o dados. (Tejera, 1983, p. 143)
*Campuruso, a 1. m/f desp Campesino. 2. adj fig coloq Se dice de la persona apocada, inhibida, de poco roce social. (Tejera, 1983, p. 205)
*Copete. (Del dim. de copo1). 4.m. Adorno que suele ponerse en la parte superior de los espejos, sillones y otros muebles. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Enjalma. Aparejo que se le pone al burro para montarle la carga después. Se usa en Lara. (Tamayo, 1977, p. 136)
*Enredaderas. 1. f. Planta trepadora, de la familia de las Convolvuláceas, con tallo voluble de cuatro a seis metros de largo, hojas acorazonadas, anchas, y flores campanudas, moradas, azules o abigarradas. Suelen vestirse con esta planta paredes y enverjados. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
*Fardo. m 1. Centr Llan N Esp Truj Barl Pedazo de tela de henequén o de lienzo grueso. (Tejera, 1983, p. 433)
*Frac. (Del fr. frac).1. m. Vestidura de hombre, que por delante llega hasta la cintura y por detrás tiene dos faldones más o menos anchos y largos. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Gallera. 1. f. Gallinero en que se crían los gallos de pelea. 2. f. Edificio construido expresamente para las riñas de gallos. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
*¡Guá! interj coloq Carac Llan 1. Expresa sorpresa, asombro o admiración. 2. Respuesta a lo consabido o a la pregunta obvia e impertinente. 3. Agrega énfasis a la frase que introduce. (Tejera, 1983, p. 485)
*Hablillas. (Del dim. de habla). 1. f. Rumor, cuento, mentira que corre en el vulgo. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Lecho. (Del lat. lectum). 1. m. cama (‖ armazón para que las personas se acuesten). (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Mórbido,da. 2. adj. Blando, delicado, suave. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 *Mozo,za. 1. adj. joven (‖ de poca edad). (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Muérgano.  2. m. Ec. Persona zafia y grosera. U. t. c. adj. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
*Parapeto. Cachivache, objeto inútil o de desecho. En Lara se usa esta voz como insulto: “Ese hombre es un parapeto”. (Tamayo, 1977, p. 242)
*Pendenciero, ra. 1. adj. Propenso a riñas o pendencias. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Pulpería. (De pulpo). 1. f. Am. Tienda donde se venden diferentes géneros para el abasto. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Recoveco. 2. m. Sitio escondido, rincón. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
*Recuas. Animales de carga: caballares, mulares, asnales. “Camino de recuas”: vía para el tránsito de estos animales. (Tamayo, 1977, p. 268)
*Refunfuñar. Rezongar. Hablar entre dientes. “Ese niño se pone a refunfuñar cada vez que uno lo manda a hacer algo”. (Tamayo, 1977, p. 268)
*Sinvergüenza. 1. adj. Pícaro, bribón. U. t. c. s., 2. adj. Dicho de una persona: Que comete actos ilegales en provecho propio, o que incurre en inmoralidades. U. t. c. s. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
*Soez. (De or. inc.).1. adj. Bajo, grosero, indigno, vil. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
*Tercio. Este nombre lo recibe cada una de las dos partes que constituyen la carga de un animal; estos tercios pueden ser grandes o chicos. También se da la denominación de tercio a las personas en general: “Ayer me encontré con un tercio muy pedigüeño”. Un tercio es la mitad de la carga que puede transportar un animal: un tercio de leña; dos tercios de café de 48 Kg cada uno, constituyen la carga de una mula. Buen compañero: “Si tú supieras, ¡Pablo es un buen tercio!”. (Tamayo, 1977, p. 297)
*Tumbo. Dar tumbos es una expresión que sirve para designar el hecho de desplazarse repetidas veces de un lugar a otro: “Ese hombre se la pasa dando tumbos, de aquí para allá, de allá para acá, y no encuentra asentadero”. (Tamayo, 1977, p. 309)
*Zubia. (Del ár. hisp. zúbya, y este del ár. clás. zubyah). 1. f. Lugar por donde corre, o donde afluye, mucha agua. (Diccionario de la Real Academia Española, 2001)
 
 
 
 

Digitalización, corrección y glosario de Naila Fernández, cursante del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.