Aire de mar


 

Los tres eran primos. Juntos habían jugado en su infancia en el jardín de la casa de los abuelos, la casa grande donde aún se reunían a menudo a visitar a las tías viejas y beatonas.

Ella solo llevaba un apellido extraño en la familia, Saúz, y tenia en efecto esbeltez cimbreante de árbol.

El tren trepaba trepidando hacia la Guaira; y eran aquellos juegos de niños, en unión de los otros primos casi todos de la misma edad, lo que rememoraban durante la charla, al compás del balanceo de los vagones.

Arcadio, torcido sobre el respaldo de mimbre del asiento para dirigirse a la pareja que venía detrás, soltó como un suspiro, absorto en la serena belleza de su prima:

—¿Recuerdas, Belisa? Entonces decían que tú te ibas a casar conmigo.

—Pero se casó conmigo, ¡je, je !

Y la risa del marido resolvióse en un golpe de tos hepática y antipática.

Se miraron alternativamente y los tres sonreían. Belisa con suave vanidad de mujer que ha sido disputada, mientras por los ojos azules de su esposo cruzaba un relampaguito triunfal de acaparador y Arcadio con su esguince mordía el cigarrillo en la comisura de la boca.

—¡Tú siempre más afortunado!  —repuso Arcadio—; y, además, eras mayor y te hiciste hombre antes que yo.

Buscaba al hablar un tácito asentamiento en las pupilas de la mujer.

Ella bajó los párpados por decir lo menos.

El marido —ya no era aquel Fidel de los tiempos juveniles sino un hombre achaparrado, entrecano y amarillento— se arrebujó en su sobretodo y volvió a toser, al escozor del viento frio de la sierra.

El tren seguía subiendo con la pulsación infatigable de sus émbolos.

 

*

*          *

 

—¡Fidel, el mar!, gritó Belisa con alegría de muchacha, en ímpetu hacia la ventanilla del vagón. Arcadio sacó la cabeza por la ventanilla lindera.

—¡El mar! ¡El mar!

A las voces se iban asomando los rostros de los demás viajeros.

Por el abra de los cerros hirsutos se columbraba allá abajo una faja leve, como si el horizonte se estuviese fundiendo en aluminio. De pronto se perdió tras las escarpaduras; pasaron en rápidas visiones una casa de tejas, unas cercas de cactos, un rebaño de chivos, un túnel… El tren silbó duramente. El mar aparecía de nuevo, pero ahora más distinto y amplio, semejante a una azul bambalina que se arrugara. Junto a la playa caratosa del Lazareto la ola rubricaba en blanco.

Belisa miraba por aquella ventana errante hacia la inmensidad  que parecía inmóvil. Arcadio miraba a Belisa. Su perfil puro, su blancura lago mate, la boca gordezuela y entreabierta y la caída suave de la garganta. El viento huracanaba en los cabellos.

De pronto una racha nueva los envolvió. Fue como si una gran boca les exsuflara en los rostros un aliento tibio y acre. Era la gran boca azul del mar, cuyos pulmones expelen vida y tempestades. Con las narices en puntería aspiraron hondamente aquella primera caricia salobre. Olía a tierra de montaña, a carbón, a hierro, a yodo.

El tren se echó a rodar, patinando por una pendiente. Y cuando llegaron abajo, donde se distinguen ya las avanzadas sucesivas de las olas, los cocoteros, los caseríos y los barcos, aun estaban ambos en las ventanillas entre breves admiraciones y preguntas curiosas de Belisa, a quien todo sorprendía como nuevo. En cambio Arcadio se obsesionaba con las pulseras flojas y tintineantes sobre el brazo blanquísimo de su prima.

Fidel tosía a cada rato. Arrinconado entre molicies de mimbre.

El pulmón del mar les arrojó una poderosa bocanada de aire caliente que les hizo respirar con fuerza.

Era en abril y viajaban gaviotas por el cielo.

 

*

*          *

 

            Y, luego del pase fugaz por la Guaira y seguir la orilla de la costa, que les soplaba encima azolándoles la cara con yodo y música de olas, la llegada a Macuto al balneario elegante entre sus revuelo de palomas y de trajes claros, sus abanicos de palmas y las pequeñas cúpulas movibles de la sombrilla de colores.

Aquí el mar parecía arreglado de encargo para la aristocracia. Un mar confortable como esas pieles de bestias feroces que terminan en alfombras de sala risa, a los pies de las lindas mujeres; viejo romancero ronco, alquilado para divertir a los señores, va y viene y se resigna a modular lo mejor posible su tonada sentimental; se bate tranquilo, con pesadez de jarabe o de vidrio hirviente, trasluciendo sinuosidades verdosas, lametazos de añil y listas de azul claro en el moaré de la saya antigua, con que coquetea sin cesar desde hace siglos y sacudo encajes de espuma sobre la cabezas de dogo de los peñascos.

Es un mar que a primera vista no sabe otra cosa sino arrullar sueños de enfermos.

Pero, cuando Arcadio y Belisa, después de haber dejado a Fidel en la casa de su hermana, donde llegaban a pasarse el domingo, se acercaron a la orilla del mar, no pudieron sustraerse a la influencia misteriosa y profunda del monstruo insaciable de caricias, cuyas ansias voluptuosas a fuerza de lamer la tierra se la comen, poco a poco, a manera de esos hombres ya maduros y sabios en amor que se casan con una mujer mas joven y la etican.

El mar soplaba su sinfonía. El sol arriba, casi en el zenit. Y primo y prima, junto al contrafuerte de la playa viendo las olas, levantaban los brazos en signos extraños, en ademanes embalisticos  de un vuelo de alcatraces, de cuando en cuando, volvían la cabeza hacia el término de la alameda, hacia una casita de dos pisos, pintada de verde, semi-oculta entre uveros y en cuyo corredor se había quedado el marido, el pobre Fidel, en una mecedora, tosiendo.

Echaron a andar bajo la sombrilla abierta de Belisa. Los envolvía un hálito de calor y de luz; respiraban con animalidad. El se le acercó mucho, casi le cosquilleaba en los oídos al hablante:

 

—Yo te quería entonces, lo sabes demasiado, y te sigo queriendo… Tú eres quien no me quiso, a quien cegaron de ilusión… Ahora yo soy más rico que él, más joven y sé vivir lo que poseo… Si también fueras mía, te hubiera hecho más feliz… ¡Todavía podemos ser dichosos!

 

—No, Arcadio, no… Tú sabes que no, yo no soy capaz de eso, se quejaba Belisa con un tenue reproche.

Tropezaron las manos. Y ella impulsivamente, inconscientemente apretó con fuerza. Un tinte de sangre en su rostro acentuó el arrebol de reflejos de la sombrilla sobre su piel marfileña. Separóse brusca de al lado del joven.

—Déjame, te lo suplico: es una imprudencia… Voy a bañarme.

*

*            *

 

Junto a la mesita de latón, frente al cocktail repetido por tercera vez, Arcadio, fijos los ojos en los bamboleo de las olas, imaginaba a Belisa dentro de un baño: la imaginaba desnuda, translúcida, apenas cubierta por el ollejo húmedo de la camisola, altos los senos, fuertes los muslos, blanca, muy blanca, hundiéndose en el mar como una gran azucena invertida; y las aguas verdes que se levantaban a cubrirla, al resbalar en descenso por sus espaldas, por sus brazos, por sus caderas, hacíanle como una prolongación de si misma, un onduloso ropaje acampanado, pero siempre como algo floral y viviente.

Era una evocación simbólica en la cual la mujer y el mar compenetrábanse y que Arcadio creía haber visto alguna vez en la portada de una novela erótica: y cuando al rato salió ella de la casa de baños, sueltos el cabello y la toalla a través de los hombros, al joven pareciale conocer ya el armonioso secreto escultural oculto bajo los pliegues de la bala.

Arcadio se puso de pie y fue a alcanzarla. Estaba radiante e impregnada de olores marinos. Se supondría que el mar, enamorado también, se había venido todo con ella; sus carnes tenían rosadeces de caracol y era como si del cabello empapado le colgasen algas y madréporas, como a una diosa de leyenda nibelunga. Arcadio no la miraba, la olía, la aspiraba, se la sorbía por todos los poros, la sentía en su ser íntimo, transformada en el mismo perfume recio que dimanaba allí de todas las cosas; y en la punta de sus dedos temblaba el deseo de sujetarla no fuera a disolverse en el aire, la luz, la música y el fuego coruscantes de esa playa…

Y hablando poco, regresaron a la casa.

 

*

*           *

El almuerzo fue en familia, en un comedor estrechito, cerrado en romanilla, tras la cual la escalera del piso alto. Fidel y Belisa: la hermana de Fidel, recién viuda con tres niños, un varón y dos hembritas: a la cabecera Arcadio.

Hubo vino que decíase de Burdeos, al final el pouess-café. Y cuando se levantaron de la mesa, fuera ardía el sol sobre el arenazo color de lava y sobre laurente lámina acerada del mar. Brillo de metal en las aguas, brillo de cola de malla, de espadas agiles entrecruzadas, temblor de azogue, como si en la superficie saltaran cientos de miles de millares de sardinas en espasmos de agonía.

 

            Un calor de campana de cristal al rojo blanco, suspendida en el ámbito agobiaba. Cielo inmóvil, aire inmóvil: el mar hozaba apenas. Los ojos se iban cerrando. Los hombres molían una soporífera digestión, sentados en el corredor. Pasaba el tiempo estirado silencios. Dentro sonaron las tres.

—Si quieres echar una siesta, insinuó Fidel observando que Arcadio se le caían los parpados.

—No estaría mal…

—Allá arriba hay una habitación amueblada. Mi hermana y los muchachos todos duermen abajo.

El joven no se hizo de rogar, se levanto y fuese y cuando cruzaba por junto a la romanilla encontró a Belisa sorbiendo un vaso de jarabe con hielo. Tuvo una sorpresa vergonzosa, subitánea, a la vista de su  prima, pero se repuso y le dijo mirándole a los ojos.

—Voy allá arriba a dormir un rato, si puedo mientras que llega la hora de la playa.

Casi le hizo una señal imperativa con la cabeza y trepó la escalera a trancos.

Era un cuarto largo, de paredes desnudas, en el ángulo un catre sin sabanas. –Unos muebles de módico arriendo. La jarra, bajo el aguamanil, vacía. Una ventana abierta sobre la playa, por donde asomaba una rama de uvero y en ella dos palomas ovilladas en refugio de sombra.

Arcadio, en camisa, abierta el cuello, suelta la faja, se echó boca arriba en el catre. Por la venta miraba el mar, un brochazo azul profundo y próximo; movía sin dormirse la cabeza enfebrecida, apoyada entrambas manos. Un pesadillesco fuelle de fragua soplaba candela en la habitación por la ventana arqueada como boca de horno. En la quietud cristalina todos los ruidos acrecentábanse y para él todos eran ecos de Belisa. Pareciale oírla hablar en voz baja, caminar. Mover objetos allá abajo, respirar junto con el tictac del reloj.

De pronto, unos pasos evidentes en la escalera, un desliz de la puerta y apareció ella. Traía contra el pecho una almohada y unas sabanas limpísimas.

—Por Dios niño, ¿cómo te acuestas así en ese catre pelado? Anda levántate para tendértelo.

Y se acercó acomodando sin por qué los cigarrillos y los fósforos y la leopoldina del reloj puestos sobre el velador.

Arcadio extendió el brazo sin violencia y suavemente la tuvo por una mano ella no hizo ningún esfuerzo rehuir la caricia.

—Oye.

Incorporándose, la trajo a la orilla del lecho. Belisa se sentó, como si cayera. El mozo, trémulo y ardido de deseo, le corría las manos locas por dentro de las mangas de muselina:

—Oye, Belisa… tú me quieres… Di que es mentira! … Dame el beso que te pedido tantas veces… no martirices más mi vida contra lo imposible…

Forcejeaban un poco. Las palabras salían a borbotones, las manos se encontraban para rechazarse. Las sábanas cayeron al suelo…

—¡Suéltame, mijito!... —y en el mijito hubo ternura delatora de algo más—. Suéltame… Nos pueden oír. Este catre cruje… por el comedor anda mi cuñada…

Se levantaron casi simultáneos, con elación mecánica. Arcadio rodeóla por el cuello con sus brazos, la besó en la boca, entrujándola de tal manera que, bajo la furia de aquel beso, ella murmuraba, sin bríos: “¡mi vida, mi amor!...”; y lenta, suavemente, fueron cayeron sobre el entablado.

*

*          *

 

En la noche, en la tertulia de la alameda, Fidel apologelizaba los aires marinos:

—¡Oh, el mar! ¡El mar es la gran panacea! Yo me siento regenerado;  y no digo yo,  observen mi mujer: ella siempre tan tristona y callada, está feliz, gozosa, le brillan los ojos, parece que tuviera en si algo nuevo.

Y, pasos más allá, en la sombra, en su vaivén de la baja marea, el mar cómplice reía burlón, cascajeante, arrastrando piedrecitas por el declive de la playa.

 

 

Tomado de Leoncio Martínez, Mis otros fantoches. Caracas, Editorial  Elite, 1932, pp. 65-75. Digitalización y modernización de la ortografía a cargo de Skarlet Montilla López, cursante del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.