Al sonar la detonación, la sirvienta de la casa de huéspedes, que quitaba la mesa, después del almuerzo, dio un aullido de miedo, dejó caer una torre de lozas que se quebraron estrepitosamente y, con las manos en abanico como patas de ganso, se quedó mirando hacia todos lados, con los ojos muy abiertos.
La patrona, entrando desaforada en el comedor le gritó:
―¿Qué fue, María? ¿Qué quebraste?
La fámula atónita no respondía.
―Un tiro, señora, fue un tiro ―respondió por ella el General Régulo Jiménez, Senador de la República, interrumpiendo de un cuarto contiguo en lanas interiores y con un libro en la mano―; un tiro aquí, en el cuarto de Serrano.
―¿Qué es eso, Don Régulo? le dijo la patrona, tapándose el rostro horrorizada del aspecto del conscripto general.
―«El marido de los tres calzones», por Paul de Kock, lo estaba leyendo de sobremesa, cuando...
―Pues, póngase usted siquiera uno de los tres calzones, porque no está así muy decente.
―¡Ah!... Perdone, señora, es que con el calor de esta hora y la sorpresa del disparo... como sonó tan cerca de mi cabeza, creí que me había atravesado el tabique...
El hombre, rojo de vergüenza, tembloroso de angustia, casi gagueando, se retiró a su cuarto, haciendo jugar al pequeño volumen el prehistórico papel de la hoja de parra.
―Ay, Dios mío, ¿qué habrá sido? ―chilló la patrona empujando la puerta que señalaba el Padrastro de la Patria―. ¡Serrano, Serrano!
Y tras una pausa angustiosa:
―No contesta; Serrano! ¿Él no ha salido después del almuerzo, María?
―No, señora ―la sirvienta hablaba como volviendo de un sueño hipnótico―, se trancó en su pieza.
Por todas partes iban apareciendo rostros pávidos de los huéspedes de la casa. Delia, la hija de la patrona, una rubita de grandes ojos azules, asombrados en su rostro pálido, como dos trozos de cielo en las rasgaduras de un nublado; sus ojos eran melancólicos, como ese azul desvaído que se sorprende por casualidad entre las nieblas invernales y su boca tan fina y tan poca roja, que bien denotaba no ser hecha para contraste de los ojos: llevaba un gato felpudo apretado contra el pecho y el felino parecía participar también del asombro silencioso; por una y otras puertas aparecieron un yanki, agente comercial, tres estudiantes provincianos, un español, tahúr de profesión y torero por temporadas, la cocinera de la casa, isleña lenguaraz que de antemano hacia comentarios sobre los fatales resultados de las detonaciones, y Don Régulo, abrochando los últimos botones de su pantalón a cuadritos. Toda aquella pequeña cosmópolis alarmada preguntaba: ¿qué fue? ¿dónde fue?
―Aquí, aquí; ―chillaba la patrona―. En el cuarto de Serrano. ¡Ay, Serrano! Serrano!
―Pero, señora, ¿va usted a arrancarse ahora por seguidillas? dijo el español entre risas.
―Hombre, Don Manolo, que la cosa puede no resultar chanza ―le increpó Don Régulo, y luego solemnemente:― aquí dentro sonó un tiro.
― Pues, forcemos la puerta, propuso uno de los estudiantes.
―Aprobado― respondió el Senador levantando la mano, como es señal de costumbre en el Congreso.
―Bien, que se aparten las damas, por si acaso.
El Senador y dos de los estudiantes metieron hombro a la puerta que crujía sin ceder.
―A moment, dijo el yanki apoyando sus dos manazas rubias en las hojas indóciles.
A la intervención del hijo de Monroe, saltando el pestillo, las maderas se abrieron precipitadamente y Don Régulo fue a caer de narices y de rondón en mitad del cuarto.
Los hombres todos se abalanzaron al interior y un grito confuso anunció a las mujeres algo horrible. Estas arracimadas, mordidas de curiosidad pero paralíticas de miedo, permanecían un momento silenciosas con los ojos fijos en la puerta.
El yanki salió de primero; se detuvo a cargar su pipa en el dintel, murmurando algo entre los dientes y en inglés. Detrás de él, el Senador, sin poder pasar, daba saltitos y gritaba:
―María, María, avise a la autoridad, a un policía...
Las mujeres le interrumpieron:
―¿Qué?
―¿Qué pasó?
―¿Qué ha sido?
―¡Que aquí se ha matado uno!
―¡Se ha matado!
―Sí, se atravesó el corazón; voy por vendas a mi cuarto ― dijo a prisa uno de los estudiantes, que lo era de medicina. ― ¡El derrame es inaudito!
―¡Ay, Dios mío, qué conflicto!
―¡Un mozo tan serio, tan callado!
―¡Tan cumplido!
―¡Tomar esa determinación, así, sin participarlo!...
En un torbellino de exclamaciones, carreras y ayes la casa parecía voltejear. La patrona, llorando, daba vueltas nerviosa al llavero o abría los escaparates chirreantes en solicitud de ropas limpias para el lecho; la isleña cocinera pasaba con el balde de agua y la escoba, dando gritos desaforados, pidiendo « un permiso» o contando que las detonaciones eran siempre fatales; lo sabía desde que su difunto marido se había sacado un ojo al reventar una botella de soda. María que había salido a dar el parte, comenzaba a cumplir a gritos su encargo, con un huésped que subía la escalera, extraño a aquella barahúnda. Los estudiantes apresuraban el agua tibia y los vendajes, tranquilos, convencidos de la inutilidad de todo empeño, porque el plomo certero había detenido la marcha de la vida en aquel cuerpo joven, destrozando la víscera, sin dejar sitio a la queja ni al arrepentimiento.
Aún colgaba fuera del lecho un brazo del suicida y en el suelo el revólver brillaba a la luz, inmóvil, impasible, como si no fuera partícipe de la tragedia; el otro brazo se le tendía a lo largo del cuerpo, sin angustia, sin crispatura.
La boca entreabierta, coloreada por un buche de sangre más bien parecía una sonrisa deformada y solo el entrecejo delataba violentamente la resolución; en el pecho, el alma en fuga dejaba una rosa sangrienta; en los ojos, el dolor ni siquiera la huella cristiana de una lágrima.
Junto a la puerta, Delia, con el gato aún entre los brazos contemplaba el cuarto.
Sus grandes ojos azules resplandecían húmedos, parecidos a los ojos de peltre de las muñecas, y, silenciosa, su mirada se tendía como un hilo bruscamente cortado en los ojos ya sin luz de Serrano. Mordía nerviosamente un pañuelo y la fina cinta de sus labios se hacia rosada, suavemente.
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* *
Vino el policía y se enteró de lo acontecido, apoyándose en su carabina pesadamente, estrepitosamente ante el lecho ensangrentado. Preguntó dónde estaba el teléfono; María le condujo a la antesala; viéndose solos, aprovechó el tiempo, mientras la oficina le comunicaba con la Prefectura, para abrazar a la mucama. Después de dar el parte repitió su expansión amorosa y se fue abriendo paso por entre la velocidad que iba llenando el vasto patio, alertada por la cocinera, quien en la crónica del barrio refería los pequeños sucesos de la casa de huéspedes y se había dado prisa en divulgar la sensacional ocurrencia de un suicidio, que no se presenta todos los días.
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Entretanto los comentarios bullían:
―Estas cosas las hacen los hombres por falta de fe; esos malditos bichos le trastornaron el cerebro a Serrano― había dicho la dueña de la casa señalando condenatoriamente al armario de los libros.
―¡Quiá, señora! Fastidio de esta vida tan perra ― le repuso Manolo, el torero tahúr―. Cualquier día saldo yo mis cuentas con usted y mis once mil acreedores vírgenes, tirándome por el puente del Guanábano.
―Le agradezco la buena voluntad.
El yanki había pulsado la muñeca del suicida; al sentir paralizada la arteria, haciendo un gesto afirmativo la dejó caer de nuevo.
Don Régulo afirmó sentenciosamente:
―Este es un desertor de la vida. El que se suicida está loco...
Cuando llegó el Juzgado de Instrucción, presentado por Juez y Secretario, todos callaron. Aquel, joven y elegante, trajeado de gris, hizo un saludo cortés a Delia, el cual quedó sin correspondencia, porque los claros ojos de la muchacha parecían abismados más allá de la vida, en la contemplación de algo que debía venir de muy adentro, de la entraña misma de la tragedia. El otro, un bachiller de treinta años, se estiraba en puntillas, tratando de ver por sobre las cabezas de los otros el rostro del muerto.
El galante togado se informó en detalle, pausadamente, frotándose las manos, de lo acontecido, y dio orden a su adlátere de extender el acta sumarial para que la formasen los testigos. El rabulilla se apresuró a obedecer y acomodándose en la mesa-escritorio del «desertor de la vida», clavó los ojillos en los apiñados renglones de unas cuantas cuartillas dispersas sobre ella, mordiéndose el bigote, avanzando la quijada como si buscara algo que masticar y solo encontrase la rala pelambre del mostacho.
Al cabo rato dijo al superior:
―Esto como que se relaciona con el hecho.
―Veamos, dele lectura.
El Secretario comenzó, con una voz fofa, de boca llena, frunciendo el ceño.
Los presentes le rodearon. En el silencio de la estancia la voz se rendía pesadamente:
« La vida es buena, la vida es bella, cantan todos a mi alrededor ―comenzaban las cuartillas―. Todos, junto a mí, pasan en vértigo, trajeados de frac, del brazo de las hermosas y se alejan dejándome una estela de múltiples perfumes revueltos en un vaho embriagador. Aún no se han extinguido las últimas risas, cuando detrás de mis orejas resuenan nuevas carcajadas y yo estoy parado, como en juego de niños, en medio de la rueda que gira, sin poder atrapar a ninguno, para que ocupe mi puesto y yo seguir en el suyo gozando de la alegría risueña y vertiginosa.
Y girar, girar, reír, reír, basta caer rendido en el descanso eterno.
Desde su cumbre, mi espíritu mira y comprende la vida; la he cantado, y la he contado como quien cuenta lo que ha visto en el teatro, sin que por eso haya tomado parte en la comedia.
He querido ser uno de los actores, uno que acciona dentro de la vida, porque tengo más facultad para ello que muchos otros que viven sin tener conciencia de que viven; sé que el amor y la cordialidad obligatoria son la trama del vivir, pero, cuando he querido accionar en ese trauma, un hombre, un hombre que soy yo mismo por fuera, ridículo, feo y mal vestido, ata mi personalidad y la cohíbe, hace gestos zurdos, balbucea tonterías, imbecilidades; los amigos se asombran y los extraños se ríen del pobre hombre que se retira mohíno, casi arrastrándose, sin poder acordar ideas, incoherente de rabia, hasta que, ya solo, mi espíritu recobra su serenidad.
Mi espíritu a quien he vestido con los trajes más pulcros, los que creí más decentes; mi espíritu a quien he enderezado hasta hacerlo más alto que muchos, resulta que no sabe moverse, difuso, encogido, al presentarse ante el mundo.
Las palabras de los libros son demasiadas palabras para hablar a las mujeres y las pocas con que se les habla no las ha aprendido, porque el diccionario de amor aún no está impreso.
Si él supiera las ínfimas preguntas a que responden vuestros corazones, ― ¡oh, adoradas! ― no hubiera permanecido en vuestra presencia siempre silencioso u oculto, temeroso de que apareciera el enemigo formidable que le ata muequeando como un mono.
Y os quiso, os ama todavía; fuisteis innumerables, porque luce talante de Don Juan romántico; capaz de todas las hazañas, afila sus puñales en mis ojos turbios y pretendió, más de una vez, robarse vuestras almas de las armoniosas y para él inexpugnables torres de carne en que las tenéis encerradas.
Trepando por las salientes molduras de los senos, deteniéndose un instante en las bocas resbaladizas, se lanzaba buscándolas, por las negras pupilas despejadas; o entreabría suavemente la persiana de lirios que cubre, como párpados, los claros ojos, para atisbar el todo dormía en el fondo, tras los diáfanos cristales azules; siempre muy silencioso, muy de puntillas, sin pronunciar palabras, cuidando de no despertar al ente feo y ridículo, que era el mismo por fuera, aunque no lo parecía.
¿Recuerdas, Lucila? En el diván se tendía su cuerpo entre profusos encajes; diríase una arquitectura morisca, cuyos afilados minaretes ―sus dedos perdidos en tus cabellos― se envolvían en el polvo de oro de una aurora de Arabia; cuando llegó él y quiso decirte cómo era, aunque tú no lo veías, una campana de alarma repicó a risa entre tus labios, se despertó el otro, el feo, el monstruo... Ah, ese día fue más cruel y más torpe que nunca.
Elena, en cambio tú callaste; solo sabías reír y callar cuando no comprendías. Te agradezco, porque mi horrible torturador no tuvo que usar sino la mordaza.
Belén, ante tu altivo ademán de señora también calló mi espíritu...
Carmen, Alicia, Clementina, Sofía... todas, idos, alejaos, idos a cantar a otro sitio, a reír para que os escuchen otros oídos, a besar a otros que sepan pedir un beso.
Dejadme solo, dejadme en la oscuridad, que mis historias son dolorosas, mis dolores sin todos iguales y mi alegría está carcomida de la polilla de las bibliotecas.
Romped la farándula de cantos, orgía loca de besos y risas, imposibles y crueles, en que me envolvéis gritando a mi alrededor, y perdeos en el horizonte infinito.
Yo me quedaré solo, inmóvil, callado, cuidando de que no se despierte el otro.
¡Ah, el otro! ¡Tengo que acabarlo, dominarlo!
Pero no puedo, es más fuerte que yo.
Tengo que matarlo él quedará en la tierra, rígido, feo y ridículo, entre su cajón de pino, mientras que mi espíritu libre volará, radiante como si fuera la luz.
Entraré en la comedia de la vida como un personaje final.
Vosotras, flores perfumadas de veneno, no habréis desaparecido del todo, entonces, no os reiréis porque me he atado matándome; mi crimen no será un suicidio, será un homicidio en defensa propia: en defensa de la vida. Mataré a un ser feo y ridículo, que era yo mismo por fuera, que me ha estado quitando la vida por diez años.».
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* *
―Luego siguen dos renglones ilegibles, dijo el Secretario, levantando hacia su jefe los ojillos de topo y alargando la quijada al terminar la lectura.
―No nos presta mucha claridad en el asunto, dijo el Juez; y el General Senador solemnemente:
―Lo que yo había dicho: ¡locura! ¡Que no es un suicida sino un homicida! ¡Estaba loco!
Los demás permanecieron mudos y Delia salió del cuarto paso a paso; al poco tiempo volvió, e inclinándose sobre el cadáver, le puso en el pecho un crucifijo. Rodaron dos lágrimas por sus mejillas pálidas y después, en pie junto a la cama, con el pañuelo espantaba las moscas pululantes sobre la sangre coagulada.
El pañuelo al agitarse discernía un perfume suave, que creyérase salir de sus ojos, abiertos sobre aquel yermo dolor de silencio como dos pascuas azules.
Tomado de Leoncio Martínez, “El caso de Serrano”, El Cojo Ilustrado, Año XIX, Nº 447 (1º de agosto de 1910), pp. 442-444. Digitalizado y corregido por Christian Carreño, cursante del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.