La señorita María Antonia, después del señor cura y del señor Jefe Civil, era la figura más prominente del pueblo; y podía vanagloriarse de serlo; en aquel puñado de casas, apenas de veinticinco manzanas, y en los campos aledaños, remendados de hortalizas y malojales, tenían tanta fama los deliciosos merengues de su receta exclusiva como sus obras de caridad desperdiciadas al azar, con un ímpetu de ser amable para todos, tal vez desbordamiento de una ternura reprimida en el fondo de su corazón, tesoro de cariño que no habiendo encontrado un dueño absoluto rebosaba, derramábase inundando generoso a cuanto se le acercara.
La señorita María Antonia disponía siempre del remedio para el enfermo, la camisita para el niño desnudo, la palabra oportuna para halagar, la tercería gentil aparejadora de noviazgos o la aguja, el hilo, el bicarbonato o el pedacito de cinta que pudiera necesitarse al acaso.
Así se la veía siempre solicitada, siempre rodeada, más aún de la gente joven, pues las muchachas gustaban de sus relatos de cuando ella había vivido muchos años en Caracas, después de educarse en un colegio adonde solo iban niñas de las familias principales, y de sus cuentos de subrayado sabor galante que muchas veces terminaban con algo dicho en voz baja y entre risotadas.
Veíasela, sin faltar jamás, detonante de seda, afeites y arrequives, en los paseos y fiestas, en las tardes en la estación, al paso del tren, con un grupo de vecinitas primaverales entre el cual se destacaba, violento, su otoño mal disimulado; María Antonia cantaba en el coro en las solemnidades religiosas; y en su piano uno de los tres que había en el pueblo- un pleyel antiquísimo, abrumado de tallas y con un cromo en el centro de la caja, rememoraba canciones y romanzas de zarzuelas, o valses del noventa y ocho, y olvidadas mazurcas que mozuelas y mocitos trataban de bailar desacompasadamente, aprovechándose del simulacro de abrazo y de los empujones.
Nacida en una hacienda de los alrededores, María Antonia volvió al pueblo, tras una ausencia larga, cuando su familia cayó a menos y perdió las propiedades; era entonces una mujer en plenitud, traía el barniz de la capital, de la vida de los salones; dominaba con igual destreza el manejo de la risa y el arma defensiva del abanico; llevaba con garbo las modas de su tiempo y sabía ver por encima de los hombros la corte de sus galanes.
De eso hacía ya, por lo menos, veinte años y fue como si en aquel instante del cambio brusco de vida, para ella se hubiese detenido la marcha del tiempo.
Se quedó soltera, pero esperanzada después de desdeñar mucho. Se resignó a trabajar para vivir luchando por no envejecer. Los enamorados rurales tal vez tuvieron miedo a aquella mujer de espíritu superior.
Y se dedicó a coser para la calle, en el último refugio, en la casa del pueblo, resto de la fortuna disuelta, con dos tías y el padre, baldado, que murió a poco. Todo el día se la encontraba en el corredor, junto a la romanilla de listones en losanges, a la luz del patio perfumado de rosales, albahacas y resedas. Dando vueltas velozmente a su Sínger, tarareaba o charlaba, porque allí iban a tertuliar a toda hora las muchachas, a contarle sus confidencias, a recibir, en cierto modo, lecciones de coquetería. Rodeada de juventud, sentía reflorecer la suya y se imaginaba aún apta para la conquista de un varón.

Y se cruzaban bromas:
–¿Sabes que Marianita tiene mucho nuevo que contar?
–¿Yo? Tú eres la que te haces la mosquita muerta y yo sé que aquello de Rafael José está muy adelantado.
–Mucho cuidado, pues, con Ercilia que también pica por allí. ¿Ustedes no se fijaron en las miraditas de arroz con coco que le echaba ayer en la misa?
–¡Por poco le tumba el libro con la vista!
Y luego, por oírle, torcían la punta hacia María Antonia:
–Bueno, María, ¿qué nos cuentas? ¿Qué hubo del catire aquel que vino de Ocumare? ¿Y de Panchito Moraso?
– ¡Ay, mijita! Ninguno se decide, pero yo no quemo mis últimos cartuchos, todavía hay tiempo, todavía…
–A María Antonia quien le gusta es don Salustio, porque es un hombre serio.
–No, chica, don Salustio no pasa de ser un antiguo amigo… Yo soy la enamorada de los imposibles.
–Sí, como aquel que bajó un día del vagón y te brindó una kola… ¿Iba para Caracas?
–Iba… hacia el imposible.
–Romántica, romántica.
–No creas, Josefina, todo no es romanticismo: ustedes no han puesto cuidado en una cosa: en que Javier Castaño, el de la posada de la Cruz, está viniendo mucho por aquí; al principio creí que era por ti, pero fíjate cuando vuelva: se sienta al lado de la máquina y no le quita los ojos de encima a María Antonia…
Esta, sonriendo a la chanza, levantábase para el tocado del paseo vespertino y volvía transformada, con su cintura a la antigua, sus coloretes excesivos, sus postizos entre el peinado alto y por el cuello, que fue lindo y mórbido, inevitablemente una cinta de terciopelo negro con un medalloncito de oro dentro del cual un trébol seco de cuatro hojas.
٭٭٭
Javier Castaño llevaba más de una semana yendo todas las tardes a casa de María Antonia y sentándose al lado de la máquina. En la tertulia mariposeaban Marianita, Ercilia, Rosa, Josefina y las otras loquillas habituales. Entraban, salían, alborotaban, reían; y Javier, un poco displicente y como azorado, miraba la labor, la máscara de blanco de perla y carmín de María Antonia y la tela que se deslizaba, rápida bajo la puntada.
Ya María Antonia no esperaba la hora del paseo para componerse; cosía de saya y peinada, y sonreía a Javier mientras pedaleaba tarareando.
Las compañeritas preguntábanle con picardía:
–El hombre… ¿no se zumba?
–¿No se ha declarado todavía?
–Nada, chica, yo no sé qué les pasa a los mozos de aquí, son tímidos, montunos, al lado de una mujer pierden el habla… Son los mismos de cuando yo vine al pueblo.
–Es verdad, hay que empujarlos.
–Y Javier es muy simpático, ¿no les parece?
–Simpatiquísimo.
٭٭٭
Marianita, la más traviesa, combinó el plan y aquella tarde, a poco de haber llegado Javier y ocupar su puesto habitual, fueron pretextando pequeños quehaceres para marcharse y dejarlos solos.
Javier dijo:
–Con su permiso- y encendió un cigarrillo.
María Antonia contestó:
–Usted es muy dueño- y siguió dándole vueltas a la máquina.
En el silencio, el ajetreo de la costura, unas semillas de la enredadera que tumbaba el viento en el patio, el canto de un pájaro…
–¿Qué cuenta de nuevo Javier?
– Pues… nada…
–Le agradezco mucho su asiduidad, pero no creo que sus visitas de todos los días sean para mí, sin más interés que la amistad: a usted le gusta alguna de las muchachas… ¿Rosita?... ¿Josefina?...
–No, no se imagine, es con usted directamente con quien quiero hablar.
María Antonia se estremeció y dejando la costura le dijo con voz turbia:
–¿De veras? ¿Y por qué no ha hablado?
–Como usted siempre está tan ocupada y en compañía… Hay asuntos que no se pueden hablar delante de nadie…
–Pero, ahora…
–A pesar de estar solos, me da vergüenza, siempre he sido penoso para ciertas cosas íntimas…
–Hable, hable…
–Usted lo sabe, yo soy un hombre solo, vivo solo en mi negocio… me hace falta la mano de una mujer…

–Lo comprendo: un cariño doméstico es la norma en la vida de los hombres… ¿No ha pensado nunca en casarse?
–Lo he pensado muchísimas veces; pero, ¡no sé! Se me ha pasado el tiempo…
–Nunca es tarde para conquistar la felicidad.
–¡Quién sabe! Yo necesito, es cierto, una mujer que me cuide mis cosas, mi ropa, mis intereses de la casa, pero… no la he conseguido… ¡qué se hace!... ¡No por culpa mía!...
Se hizo una pausa embarazosa. Javier hacía girar entre sus manos el sombrero de fieltro; María Antonia, emocionada, le miraba fijamente, queriendo desentrañarle las palabras:
–¿Y?...
–Me da pena, señorita María Antonia, muchísima pena…
–Hombre, por Dios, no sea tonto, ¿no ve que le brindo toda confianza? Aquí ninguno nos oye. ¡Decídase!
–Pues bien- concluyó Javier, bajando la voz e inclinándose mucho hacia ella- yo me he dirigido a usted, señorita María Antonia, con mucha vergüenza, porque allá en casa tengo una tela blanca y quisiera saber cuánto me pide por hacerme unos calzoncillos…
María Antonia se irguió en la prepotencia de la rabia, le temblaban los labios amoratados de pintura y en sus ojos chocaron el despecho y el desprecio. Señalando con el índice hacia el vetusto portalón, en actitud de reina ultrajada, gritó:
–¡Salga, salga de aquí inmediatamente, canalla!
–Pero, señorita María Antonia…
–¡Salga de aquí!
٭٭٭
Después, encorvada, gimiendo sobre su costura, representaba en dolor el deshojamiento de las últimas rosas de su vida rebelde a marchitarse.
Leoncio Martínez (1888-1941), escritor, dramaturgo y dibujante. “La declaración”, págs. 141-149, en Mis otros fantoches (1932).
Zarzuela: forma de música teatral o género musical escénico surgido en España.
Mazurca (polaco, Mazurek): Mazurca era originalmente un baile de salón de la corte real y la nobleza polaca y que se convirtió con el tiempo en una danza para la clase popular
[i]Se han conservado las formas enclíticas y se ha procedido a actualizar el vocabulario.
Transcripción de Francisco López Aberdeen para el Curso Especial de Grado Seminario de Narrativa. Departamento de Filosofía y Letras, Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Venezuela.