El matador de palomas


 

—Yo no tuve la culpa, señor  juez….

            Y  recostado sobre la baranda de caoba, cubierto el  rostro  con ambas manos, se curvó en un hipo de sollozos.

            En la barra que apeñuscábase a las puertas del juzgado hubo un murmullo de comentarios. Decíase por las calles que era un hombre feroz, un monstruo, el asesino de aquella muchacha, conocida en el arrabal por el apodo de “La Pompón” y que amaneció muerta en su lecho, muerta sin sangre y con evidentes signos de violencia. Decíase de un borracho brutal que ni siquiera intentó huir a la acción de la justicia y hablábase de que la moza, a pesar de las duplicidades de su oficio, tuvo para con el criminal desdenes generadores de la tragedia.

            Sin embargo, el que se veía ahora en presencia del Juez de Instrucción era un joven de veinte y cuatro años a lo sumo, huesoso y pálido, con el color enfermizo del mestizaje, la mirada estrábica bajo el carbonazo de las cejas y la cabeza grande y prolongada hacia atrás. Tenía cierta desenvoltura elegante en el ademán, mientras hablaba; y hablaba de una vez, mucho y sueltamente, como un alucinado; empero, tornábase lastimoso y miserable al derrotarse, dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo y hundiendo en el pecho la barbilla.

            —Explíquese, vamos a ver, sea más preciso en sus declaraciones.

            —Alzó la cara, se secó los ojos y tomó la palabra torrencialmente, con un gesto abstracto, como si mirara dentro de sí mismo y hablase sin auditorio:

            —Sí, no lo niego, fui yo….yo la maté, la mataron mis manos….pero, yo no tuve la culpa! Ella no me había hecho nada, al contrario, se mostró siempre cariñosa y buena. La conocí una noche de tragos, la hice mi querida y de tres semanas atrás dormíamos juntos en una cama. Yo la quería, estaba enamorado de ella con locura, pero era muy blanca, demasiado blanca!... La culpa fue suya, de esa blancura excesiva en una mujer, una cosa viviente no debiera ser tan blanca ni tan blanda, porque resulta peligrosa para un hombre enfermo como yo… Ya ve usted hasta dónde me ha traído la desgracia!... Yo padezco de una sensibilidad nerviosa, aguda, concentrada en las  manos; a mí me ha asustado siempre acariciar a los niños; a alguien, a los ciegos, por ejemplo, debe de ocurrirles lo que a mí, que a veces pienso, siento y comprendo con las manos… Toco en la oscuridad y adivino algo más que las formas exteriores. El tacto domina en mis sentidos y la voluptuosidad de mis manos supera a toda otra vibración de mi ser, que afluye íntegro en una corriente impetuosa a la punta de mis dedos…. Fue lo que sucedió; ella era blanca y tibia, tenía una blancura de paloma…. ¡Ah! Eso es, parecía una paloma…. Por eso la maté…. No, no; su blancura no tuvo la culpa, yo he visto muchas cosas blancas  y jamás les he hecho daño…. Ya recuerdo más claramente: la maté porque parecía una paloma…. Ahora sí voy a poder explicarme con precisión y el señor juez verá como no soy yo quien tiene la culpa…. Permítame un momento rememorar hasta los tiempos de mi infancia: cuando niño viví en el campo durante varios años; mi casa tenía un corral muy grande, con árboles, gallinas y un palomar…. Había muchas, muchísimas palomas, de tal manera que mis padres vendían los pichones o se los comían. A papá le gustaban extraordinariamente. Cuando querían comer pichones, era yo el encargado de matarlos, porque a mis hermanitos les daba  lástima. Aprendí a matar palomas en mis correrías por el monte  con los demás muchachos…. El señor juez debe saber cómo se matan: se cogen por el pechito, entre las dos manos,  así, formando una tenaza que parezca  un nido, y se aprietan, poco a poco…. En las palmas de las manos repercute el latido del corazoncito….taqui…. taqui…. uno aprieta más y el latido se va apagando, apagando lentamente, hasta pararse por completo…. Las palmas de las manos recogen la última palpitación , apenas perceptible, la paloma estira las paticas en un espasmo agónico, abre el pico y se le descuelga la cabeza…. no queda sino una pequeña masa tibia y blanda, descoyuntada, que ya no tiene importancia…. Desde entonces adquirí el afán de estrujar todo lo blanco, suave y palpitante…. Ella era tan blanca! Si el señor juez la hubiera visto respirar dormida!... Tenía en el cuello una viva turgencia de paloma y el pecho subía y bajaba rítmica y armoniosamente. Aquella noche dejé el libro que estaba leyendo acostado junto a ella y me puse a mirarla; la contemplé largo rato sin atreverme; despedía una tibieza de inocencia inofensiva; en la penumbra de la alcoba, las sábanas, las almohadas, tenían blandura de plumaje y por la garganta de ella corría un ronroneo completamente animal… se me engarfiaron los dedos…. yo no quería, pero una tentación imperiosa me aconsejo: no le voy a hacer nada —me dije—, no la maltrataré, no será sino una prueba; y alargándome junto a su cuerpo, como un reptil contra una pared de mármol, mis manos alcanzaron el pescuezo… Después, ¡oh, qué locura! ¡Qué formidable descentración! Todo yo estaba en la punta de mis dedos, torcidos, apretando, apretando… Jamás había sentido un corazón tan grande parar su marcha dentro del hueco de mis manos…. Yo no la vi desgonzarse en el último estertor… Ya comprenderá, señor, que no es mía la culpa; yo me acostumbre desde chiquito a matar pichones para que papá se los comiera…

 

 

Tomado de Leoncio Martínez, Mis otros fantoches. Caracas, Élite, 1932, pp. 77-82. Digitalizado por Glendys Amares.