Material crítico


BREVE REVISION DE LEONCIO MARTINEZ Y DE SU LIBRO MIS OTROS FANTOCHES

Caracas: setiembre de 1932. — El mérito artístico de una obra desindividualizándola  — se halla en algunos casos no del todo ordinarios más en sus sugestiones y fijaciones globales que en su contenido particular. Para la historia literaria de Venezuela advertida de libros como de estaciones la marcha de los trenes, el libro de un escritor — escritor de verdad —señala una como construcción interesante, estación llamativa, de receso ineludible, prez de la evolución cultural. Señala también la personalidad del autor y su posición personalísima en nuestra literatura. Obligatorio estudiar su libro, descriminarlo, bucearlo, indagarlo honradamente; luego exponerlo al público mediante ese examen crítico ecuánime y autónomo que sanea, lustra, purifica e intensifica la actualidad intelectual de los países. Trabajo patriótico, de arte puro sin el cual los escritores — y los poetas —, turbados de vanidad parroquial, en congestión de homenajes familiares y amigables, se verían sin disputa insoportables.

 

Reproduce la publicación de “Mis otros fantoches” el tópico tan traginado de una literatura genuinamente venezolana. De una vez por todas debemos proclamar la inoportunidad contemporánea de tal tópico. Porque no constituye problema o angustia para los actuales hombres de letras nacionales el predomino de lo extraño o exótico de nuestras manifestaciones artísticas. De modo ideal aparece unificada la vocación nacionalista en cuanto se refiere a la obra del espíritu. Después de la crisis romántica y de los excesos modernistas, paralelo a la directriz característica  — literatura típica y vernácula —, se observa en notables cristalizaciones un propósito seguro y fuerte de crear con lo propio la obra de relieves propios inconfundibles, espejo ambiente de tropical diafanidad. Trazo del alma y de la tierra, del mar, de los bosques, de las llanuras y de las montañas: sentido de una patria encontrada y efectiva. Nuestra producción literaria, liquidados resabios e interferencias exóticos, ingrata causa de falsedad, se ofrece desde hace más o menos quince años en un estado de asimilación artística nacionalista poderosa y fecunda como los reflorecimientos de la primavera.

 

En este trabajo de hormiga del nacionalismo literario; en esta educación de un público indiferente para el conocimiento de lo suyo apenas sospechado; en ese forcejeo grave  y tenas del escritor con el medio ambiente, persiguiendo realizaciones patrióticas contra la oposición sistemática de un conservadurismo cursi o de una moralidad de renegado; en la lucha nunca decaída  —  siempre empeñosa y viril  —   contra la criollería palabrera y las adulteraciones utilitarias  del alma nacional, mixtificada de vulgaridades y de ordinarieces; en cuanto ha significado estímulo de lo venezolano representativo, de lo nuestro característico — aparte aquí por completo el humorista del lápiz  — Leoncio Martínez, viejo en las letras, nuevo en el libro, ha puesto de los primeros siempre su entusiasmo de artista, su fe de escritor, su desinterés y su espíritu extraordinarios. Los que hemos surgido en inmediatas generaciones a la suya, y de cerca respiramos su ánima vibrante, y en algo le somos deudores de estímulos, alientos o consejos, y somos honrados y leales, aun reconociendo como reconocemos opuesta nuestra posición literaria a la suya, sabemos situar muy bien, en su justa medida y latitud, su valor de artista y su lugar en las letras venezolanas.

 

Penetrar su caracterología artística es poco complicado. En Martínez el escritor serio, autor de “Mis otros Fantoches”, resulta perfectamente antagónico del periodista, del humorista criollo y del caricaturista popular. Quizás lo primero se compadece con sus creaciones de teatro nacional  —  ese teatro que le lleva media vida de sacrificios y de desesperaciones — y con sus tan sencillas como agradables producciones poéticas, sentimentales y descriptivas, metidas algunas de ellas en el corazón de la patria como un grito radiante, como una luz de oro que fuese sonora y nuestra: cristal del pueblo. Tales divergencias, provenientes de un solo centro productor, lo definen multiforme y variado, ejemplo curioso en la historia artística del país. En el espíritu del pueblo acaso permanezca vivo después de algunos años el recuerdo jovial y alegre de sus muñecos a lápiz, de sus ilustraciones humorísticas o intencionalmente grotescas, mientras se borra en reminiscencias sin importancia su recuerdo de escritor literario y serio. Pero en el espíritu nuestro, obligado a realidad histórica literaria del tiempo, del ayer y del mañana, pervivirá su obra de arte nacionalista esforzado y noble como un ejemplo que nunca menguarán revoluciones literarias posteriores o actitudes contrarias de nuestros futuros artistas. Cuando mañana se hable en Venezuela de teatro, de poesía, de cuento, de literatura en general, la labor de Leoncio Martínez merecerá la atención y consagración definitivas que sus contemporáneos si no se las niegan tampoco se las dan.

 

Desde “Pitorreos” — luego en “Fantoches” —  mantiene abiertamente, con el fervor característico de su naturaleza de artista, un estimulo indomable y admirable por la estabilización del cuento nacional tal como debe crearse para lograr cuerpo de arte dentro de la literatura venezolana. Basta recordar aquellos tiempos aun cercanos de Pitorreos y las hermosas primeras jornadas de Fantoches para establecer su actuación en lo que a este género literario se refiere. Ha sido el padrino generoso de la mayor parte de los jóvenes cuentistas del país, algunos de ellos autores de libros en realidad interesantes. Lejos está de pertenecer a las nuevas manifestaciones literarias, al grupo de elementos aparecidos después de su promoción, a los que aceptamos las formas y posiciones de avance como una parte esencial de nuestro ambiente, como la más alta y armoniosa comprensión del arte contemporáneo. Podría atribuírsele hoy a su obra un signo  de marcado pasatismo. A pesar del ello  — en lo cual es consecuente con su tiempo —   su espíritu aparece cordial a todos los impulsos agenos cuando estos impulsos precisan una finalidad de arte. No juzgo impertinente compararlo con esos viejos que, aun reprobándolas, estimulan las travesuras de los nietos.

 

Su libro de cuentos reciente “Mis otros fantoches” promueve en mí las anteriores afirmaciones y conjeturas. Debo confesar que me interesa más el autor que el libro, primero de otros mejores que ha de publicar. De ser Leoncio Martínez escritor sin obra cultural, sin credenciales de arte, sin nombre literario honroso, quizás este libro lo habría perjudicado. Porque nada agrega o quita a sus ejecutorias de artista. Lo integran 17 cuentos tendidos unos a lo absurdo, otros a lo ordinario forzado y otros a la narración sentimental, cruzada de tragedia y de urbanismo juerguista. Presumo que en muchos de ellos influye de modo decisivo la imaginación, y que los retazos de hechos reales, al conectarlos, sugieren al buen lector cierta falsedad, cierta incertidumbre de lo posible, ciertos pensamientos desfavorables que rechazan el enredo como si  […] a base de suposiciones realistas. “La mayor de las Gracián”,“El penitente” o “Eclipse de sol” son cuentos escritos a base de fantasía realista, con asuntos fútiles y hasta irrealizables. “Aire de mar” contiene deliciosas descripciones, prosa culta y agradable. Pero el asunto resulta demasiado socorrido. “Marcucho el modelo” y “Pierrots negros” son narraciones de buen estilo sin lograr contornos de cuento. Un relato fantástico y literario: “El hombre de los ojos verdes”. A la generación de este escritor llegaron con agudeza y desconcierto aquellos cuentos extraordinarios y elegantes que Jean Lorraine desplazó sobre los espíritus  de sus época, inquietándolos. Aquellas obsesiones de una literatura ya en desuso por lo verde, o por los ojos de algunos animales, o por los ojos de algunas personas — con un “Phocas” representativo — las reproduce este último cuento de modo inverosímil e inútil. Nadie cree ahora en tales obsesiones. La psiquiatría se las ha restado a la literatura. Y las teorías psicoanalíticas desacreditan tal especie de narración literaria.

 

Encuentro que el autor imagina sus motivos de cuentos adaptarlos sin decisión. Me parece atisbar en determinados de entre ellos, como en “La declaración”, la intención del caricaturista. Es un cuento del cual saldría bien una historieta cómica dibujada. Su lectura trae al recuerdo un simpático cuento de Julio Rosales, publicado en “La Revista”. Lo cual no quiere decir que por tal recuerdo impute yo imitación,  copia o intervención en agenos cercados.

 

Casi todos los cuentos del libro, aun cuando en algunos asoman momentos de vida campesina, tienden a reflejar instantes de vida urbana, vida de una Caracas que las generaciones literarias nuevas desconocen: fantasía con liga de realidades, sin lograr completas, firmes impresiones de lo verdadero. La verdad es que Martínez, formado en pleno dominio del naturalismo y del psicologismo — Zolá y Maupassant—, aun rezumando realidad y asperezas vitales sus páginas, ofrece mucho de sentimental y de romántico. Balancean sus relatos un fondo romántico idealista revestido del habla típica caraqueña, casi de argot.  Y en la mayor parte de las páginas de “Mis otros fantoches” la fantasía supera a la realidad.

 

Escribir el presente breve juicio sobre la personalidad artística del autor y sobre su libro de cuentos, significa para mí un acto de cordial sinceridad y un acto de justicia para con uno de nuestros mas expectables escritores contemporáneos.

Rafael Angarita Arvelo

 

NOTICIA EDITORIAL

Rafael Angarita Arvelo, «Breve revisión de Leoncio Martínez y de su libro Mis otros fantoches, El Universal, Caracas, 1º de octubre de 1932, pp. 1 y 6. Esta reseña,que posee interés crítico e histórico, fue exhumada por Anabel Torrealba y José Jesús Azócar;la digitalización estuvo a cargo de Ninoska Montaño. La copia es fiel y exacta, hasta en sus erratas. El símbolo […] suple un pasaje ilegible en el original. Tanto la localización como la transcripción de la reseña se realizaron en el marco del Curso Especial de Grado Seminario de Narrativa, durante el lapso I-2013, consagrado por entero al volumen Mis otros fantoches, de Leoncio Martínez. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.