La boda de Rosalía


 

            Se casaba Rosalía Vidal. Parecía mentira, al decir de las muchachas amigas, que la bautizaron ‹‹ la pedagoga››; el mote nació el en vecindario y fue cosa de aquella Carmencita Ríos, tan pintada como burlona y reidora, que se fugó para  Puerto Cabello con Rivero Madrid cuando lo nombraron contador de la Aduana.

            A Rosalía no agradaba el sobrenombre, sin embargo trataba de defender la traición del rubor con un tímido ‹‹el trabajo no deshonra››, murmurando encajando la barbilla y con los ojos puesto a protección de las cejas. Pero al salir diariamente por la mañana a dar clases de gramática y de francés en un colegio particular y una tarde sí y otra nó lecciones de piano a Mirta, la hija de Strübel, socio de la firma alemana  Wolf y Cᵃ, Sucesores, apuraba el paso asustadiza, mirando inquieta a un lado y a otro, con temor de sorprender a través de las celosías unos ojos en maligno acecho  ocioso o encontrar en el camino alguna persona conocida.

            Sus trajes de Piqué tan planchaditos, o sus faldas de lana o dril  ‹‹encubridores››, en contraste con jubones de muselinas claras, que eran los que usaba para esos trajines : su sombrero de paja amarilla y burda adornado por una larga pluma tornasol ; su carriel ; sus cuadernos y libros, estorbos del gracioso manejo de la sombrilla, le pesaban, le dolían, como si fuesen el uniforme de un presidiario o los hierros y esposas de un galeote, más que nunca si alguien la saludaba mirándola fijamente o si una de esas viejas tempraneras que van a las iglesias a abrir boca para el desayuno con letanías y credos, la detenía en su premura para sonreírle tres naderías a las cuales ellas mismas se responden :

─Y por tu casa? Bien todos, ¿verdad? Anoche estuve hablando con tu mamá por la ventana y me dijo que estaban todos buenos. Y tú, ¿á dónde vas tan de mañana? A dar tus clases… Tan trabajadora, Rosalía. Miren que llamarte la «la pedagoga» en són de burla. De ti deberían aprender esas zánganas que pasan el día echadas leyendo novelas…

            Y Rosalía, entonces, apretaba los labios soportando la mordedura recóndita de una eventual ironía compasiva encubierta en la charla insulsa. Se despedía con torcida sonrisa y dando una palmada en el hombro de la vieja, apuraba más aún el paso menudo, devoraba la distancia que la separaba del tranvía, al cual entraba como un aislador, sumergiéndose en su tranquilidad como en un agua plácida.

            De las dos líneas equidistantes de su casa prefería la del parque Carabobo, por la poca abundancia de pasajeros. La espera del carro en aquella plaza más fresca y menos concurrida que la de Candelaria, era sedante a sus preocupaciones. La brisa que despeinaba sus ricillos evadidos del sombrero, removía también sus pensamientos y algún vago y dulce anhelo tendía el ala en la claridad matinal y atraía sus ojos atraídos hacia el azul celeste, casi siempre a esas horas diáfano, lejano, cóncavo, semejante a un cofre que,  volcado sobre los techos bermejos y las copas de los árboles, derramara perlas húmedas.

            Luégo ,cuando el tranvía, con un ahilante repiqueteo , pasa por entre la multitud de carretas y arreos de burros que se aprietan y chocan, delante de los almacenes desde el Coliseo hasta frente el kiosko de las flores en el mercado, el concierto desacorde de los multiples ruidos, el ir y venir, los ademanes, las voces, distraían su fantasía  de fútil observadora de cosas diarias; los cargadores, el golpe sordo de los fardos al caer, el policía afanado en facilitar el tráfico, un cobrador que sube con su mula a la acera, un letrero ojo en a muestra de una tienda, un vendedor que grita, un golpe de palo sobre un encerado…y,  tras los cristales, el motorista del tranvía que, balanceándose firme en los piés, da vuelta afanosamente a la manivela, mientras el trac, trac, trac de una rueda dentada acompaña a compás sus movimientos ; todo producíale un interés displicente que no le daba punto a pensar, ni le dejaba impresión alguna.

            Era una concepción infusa de la pintura futurista en un alma resignada de profesora.

            Ahora se casaba; ya cesarían los morosos viajes a diario en el eléctrico, la lucha con las niñas, el apodo mortificante.

            Con gusto hubiera enviado una participación del matrimonio a Carmencita Ríos, a Puerto Cabello, para que se enterara de que  «la pedagoga» había llegado al tálamo por mejores vías que ella, loca y descocada, y se unía indisolublemente a un hombre. Pero su padre la reconvino: no cuadra bien en una buena muchacha ese sentimiento de venganza; además la otra podría no interpretar el intento y creer que Rosalía Vidal, próxima señora de Pinto Pérez e hija de Don Francisco Vidal Garcés, quisiera conservar relaciones de amistad con una mujer cuya unión marital no estaba santificada por la iglesia y sancionada por la leyes civiles.

            Textualmente, ese fue el discurso paternal. El pobre viejo! Buena falta le haría la ayuda que ella procurábale  en pago de los antiguos desvelos con que la llevó hasta graduarse de profesora normal.

            Con su marido, seguramente, podría en lo futuro prestarle mayor apoyo en su vejez; si no una jubilación familiar, al menos un empleo en el cual, con poco trabajo, tuviera mejor remuneración que en la «Bodega Roja», donde lleva los libros de mayor y detal por sesenta pesos mensuales, Pinto Pérez  podría conseguirle, por ejemplo, un empleo de Gobierno, asi como el que había servido en las Rentas el año 96. ¡Buenos tiempos aquéllos cuando se almorzaba rociando con moscatel y nunca faltó en la mesa el dulce en almíbar!

            Ya Gustavo, el hermanito menor,  era un hombrecito y muy fundamentoso. Le habían subido a quince los diez pesos que ganaba en una tienda, de modas y, en premio, la madre lo puso en carácter , cortándole los primeros pantalones largos de unos del  progenitor, ya inútiles para el viejo , pues a fuerza de recogerles «el falso », por raídos, dejaban a descubierto las medias crudas y los botines de elásticos de Vidal Garcés.

            El provenir de la familia se auguraba menos agrio.

            Y Pinto Pérez…

            En aquella cuadra, entre Miguelacho y el Peligro, oscura, desempedrada y con aceras de lajas, calle transversal solitaria y silenciosa, semejante en su oficio a los empleados inferiores de oficinas públicas, de quienes nadie se ocupa sino cuando se necesita llegar más pronto a los principales; en la penumbra de ese triste ramal urbano, se abren una noche dos grandes cuadros de luz: las ventanas de la casa Vidal. Celebránse allí las nupcias de Rosalía y Pinto Pérez. Con la miranda de átomos luminosos y móviles sale a la calle un perfume ambiguo, mezcla de flores diversas, en el cual el dominante aroma de los nardos aminora reminiscencias de entierros y honras fúnebres.

            El charloteo y el colorido interior suavizan toda mala advertencia. Grandes ramos ocupan los sitios de las mesas y rinconeras; cestas de claveles, azucenas  y rosas reinas, cojines de violetas, liras de menuda flores que se amoldan a la gracia mórbida de las curvas y, llamando la atención sobre todo, un par de casquillos de dalias blancas y rojas, que para la malignidad de Anita García eran un simbólico regalo de esposo.

            ─Qué bruto es Pinto Pérez, ─agrega Anita, después de opinar al oído de la Pereira Madre, la cual se esfuerza en pasar entero un sándwich por su encordado gaznate de violoncello, para aprovechar y tomar otro antes de que la sirviente se aleje con la bandeja.

            ─Pero tiene algo ─responde ésta, entre dos glugluteos sonoros que disculpa luego diciendo: ─Hija, dirás que soy muy grosera, pero hay que avisparse. Esto aquí no debe estar muy abundante.

            ─ Si, dicen que tienen algo y el señor Vidal dice que también tiene influencias y negocios en el Gobierno. Su botica es la que surte a los hospitales y trae la mercancía sin pagar derechos. De eso se quejaba Mansuit, que estableció su «Farmacia del Carmelo» en la esquina más debajo de la Pinto Pérez, para vigilar mejor a su mujer, y tuvo que mudarse por la competencia.

            ─¿Y la mujer?

            ─También la mudó por la competencia…

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            Así, en todos los grupos, la murmuración condimenta una reunión sin música, sin baile y con una «barra» escasa, barra formada por algunas mujeres del pueblo que admiran a la novia, unos pocos chiquillos y dos o tres vecinas no invitadas que protegidas por la oscuridad, desde la acera enfrente, critican. Dentro, las frases hirientes comienzan por hincar a los novios, la familia o los invitados, cortando de pasada a los extraños cuyos nombres caen al azar en la conversación.

            Quizá el único grupo donde no se hablaba mal de los demás era uno, junto al piano, donde Julio Maceira, el compañero de infancia de Pinto Pérez, Julito, acreditado de algo más que de tronera ̶ ̶  de borrachín ̶ ̶  entre las madres de familia y de tramposo en el póker íntimo de los Pereira, hace reír a la Pereira, hija, y a Lola, la menor de las Roble. Media hora lleva Maceira, disculpándose desde que entró, ante la rolliza, virginal y prehistórica Mercedes Santana, nacida para la tía de las Pereira por la rama materna. El joven, no muy seguro de su pulso ni de sus piernas, vació, al entrar, medio vaso de cerveza en el traje verde-limón de la solterona, y se doblegaba en perdones ante aquella especie de ícono pintarrajeado, con una impertinencia tenaz e intercalando piropos a la dueña de la malograda prenda.

            ─Se conoce que la Fábrica de Vidrios queda cerca, ¿verdad, Julio? Avanza la Pereirita con aire cándido, inclinando la cabeza sobre el hombro izquierdo con su gesto habitual de niña mimada.

            ─Sí, hombre, chica; tú lo que quieres decirme es que he trabajado mucho en cristal… Nó, niña. Yo sé lo que hago, por eso le pido perdón a la señora…, a la señorita, mejor dicho  ─ repone el interpelado atuzandose los bigotes con un resoplido cálido y alcohólico. Usted me dispensa, Mercede…

            ─Eso no vale nada, Maceira.

            ─Claro! El traje no destiñe, ─intervien Lolita Robles. ─Si se lo hubieras echado en la cara…

            ─Muchas gracias, Lolita, ─irrumpe el ícono con los ojos fulgurantes, golpeándose la mejilla con la palma de la diestra. ─ Este color es muy, muy mío; yo ya estoy vieja, lo sé, pero muy conservada: otras que ahora se las echan de lindas a mi edad van a parecer llaves de máquina por lo flaca y torcidas.

            ─Jesús, que eres susceptible, Mercedes! Digo que si te la echa en la cara hubiera sido una ofensa, pero en el traje… Fue sin culpa…

            ─Usted me dispensa, rozagante Mercedes ─tartamudea Julio.

            Un pellizco de la Pereira hizo saltar a la Robles. Las dos muchachas ríen estrepitosamente. El joven las acompaña con carcajadas forzadas, incoherentes: la solterona se abanica con sofoco.

            ─Pfsit… Silencio, señores, señores, dice una voz desde un rincón, que don Pancho va a componer un recitado. Es Strübel que con su inmanente tabaco encendido, su faz rubia y sus ojos azules y móviles incorpora desde el fondo de una poltrona su magra encarnadura.

            ─Voy a recitar una composición, no a componer un recitado, como dice el amigo  Strübel, corrige el señor Vidal, poniéndose en pié.

            ─Va a recitar don Pancho!

            ─Bien por don Pancho!

            ─Pero permitidme antes, señores, que os diga dos palabras: yo no soy poeta; en otros tiempos quizás lo fui, hoy no me queda sino el amor por los versos y los hago cada vez que una impresión fuerte domina mi ser, dolor o alegría, luto o risa. Hoy he querido expresar en unos pocos renglones esta emoción mixta de gozo y de lágrimas que me produce el casamiento de mi hija Rosalía, a quien todos conocéis, con el idóneo  caballero Pío Pinto Pérez. (El favorecido inclina la cabeza).

            La pareja ocupa en la sala puesto central y notorio, de piés junto al grupo de Maceira y demás, y todas las miradas van a ellos, las de las muchachas con un dejo melancólico, las de los hombres con cierto guiño picaresco al cual Pérez Pinto corresponde sonriendo.

            El novio corpulento, cetrino, ancho torso preso en un frac estrecho, con una mano en el bolsillo del pantalón se recuesta al piano, donde abandonara el bouquet la novia; ésta, esbelta sin ser alta, se acoge al varón con un ademán mimoso y temeroso y apoyada en el brazo de él, con ambas manos sostiene la suya. Entre los tules del velo y la seda del traje en su rostro trigueño se acrecientan el matiz ambarino y anémico, el verde húmedo de los ojos y la rojez de la boca fina, plegada, un poco triste y un poquito pintada esa noche, a consejo de la tía Mercedes. Se estremece en calosfrío y aprieta más la mano del esposo.

─No lo agarres así, que no se te va a ir solo  ─ le sopla empinándose la inquieta Lolita Robles.

            Rosalía sonríe con abandono y reclina la cabeza en el hombro del amado; éste la ve desde arriba, como un proteccionista, cariñosamente.

            Entre tanto don Francisco Garcés, en medio de la sala con un pliego en la diestra, señala silencio con la otra mano y aguarda. Bajó la lámpara de correderas hasta la altura de su cabeza y bríllanle en la calva lisuras rosáceas, la sombre se hunde bajo sus pómulos y en las cuencas de sus ojos, sobre las cuales destácanse  los cristales de los lentes un tanto caídos; un violento golpe de luz afina la nariz aguileña. Barbado en nieve, canijo y erecto, el apacible tenedor de libros diríase un misionero que va a comunicar la palabra divina. Viendo que el rumor de charla y risa no acalla, comienza con voz impositora:

            ─La Violeta, en la ceremonia nupcial de mi adorada hija Rosalía con el culto y distinguido caballero Don Pio Pinto Pérez, en mi nombre y en el de mi legítima consorte María Rosa Santana de Vidal Garcés, madres carnal de la desposada.»

            El silencio ahueca en la sala. Los concurrentes inmóviles. Los concurrentes inmóviles todos mantienen en alto una copa de champaña. La voz del anciano continúa entonces reposada:

LA VIOLETA

      _____

     En el huerto del poeta

Un violetero crecía

que aromaba noche y día

el encantado jardín.

 

    Y en el mazo una violeta

era, ¡ay! Entre las bellas,

la más delicada de ellas

por su perfume sutil.

 

   Pero un silfo enamorado

que en pos de dulces mieles

recorría los verjeles

el suave aroma advirtió.

 

   Buscándolo ensimismado

al hallarlo así escondido

demostrose sorprendido

y le dijo con amor:

 

   «Dulce violeta sencilla

que entre las hojas ocultas 

tu tesoros y sepultas

tu belleza en la humildad.

 

candorosa florecilla,

─de tus hechizos prendado,

Te lo ruego arrodillado, ─

ámame por caridad.»

 

   La violeta oyó la cuita

del silfo amante y ladino,

e inclinando el tallo fino

su corazón le entregó.

 

   Y al llegar la mañanita

el silfo, lleno de orgullo,

besando el dulce capullo

sus perfumes se llevó.

 

   Mi adorada Rosalía,

cual la violeta tú eres,

el silfo, Pio Pinto Pérez

y el pobre poeta yo.

 

El se lleva mi alegría,

se roba nuestro tesoro,

por eso es que triste lloro

aunque la dicha te doy.

 

   Silfo, silfo vagabundo,

Cuida bien nuestra violeta

y ella perfume la meta

de tu dicha y de tu bien,

 

que aunque con dolor profundo

el pecho se nos taladre,

tanto yo como su madre

los bendecimos. Amén.

 

            El recitador se detiene, dobla el papel y una tempestad de aplausos hace temblar en el salón los cuadros, las bujías y las cortinas de cañutos de bambú, Strübel rompe la butaca y un florero. Es un alemán muy expresivo.

            Rosalía se desprende del silfo Pío y va a recibir en sus brazos al cantor trémulo y moqueante; luego se une al abrazo, llorosa, la violeta madre y Gustavo da vueltas alrededor del grupo sin hallar ingreso en el estrecho nudo.

            Pinto Pérez se vale del momento para inclinarse resongando:

            ─Déjeme aprovechar para desabotonarme las botas: como son nuevas, me están reventando los empeines.

            Pasada la efusión, todos alzan las copas llenas, excepción hecha de Julio Maceira, quien durante el recitado vació la suya a sorbitos.

            ─Bueno, yo brindo en blanco ─dice.

            ─¡Ay! Nó, Maceira, ─exclama Mercedes, ya un poco olvidada de lo de la cerveza y de las burlas de las muchachas. ─ Tome ésta; a mí me hace una daño atroz! Inmediatamente se me suben los colores a la cara.

            ─Umjú, sonríe Lolita Robles y luego:   ─  No bebas más, Julio.

            ─  Ah, nó. Por complacer a Mercedes, cómo nó! Con esta copa de reconciliación, yo también voy a recitar unos versos.

            Julio se tambalea ya, agitando la copa. La champaña casi vence el borde del cristal, pronta a derramarse y el ícono verdelimón arquea su grasa arquitectura evitando un nuevo baño y otras burlas a su costo.

            ─ Julio va a recitar ─ gritan a dúo Lolita y la Pereira, hija.

            ─ Que recite! Que recite!, repiten muchas voces como ecos sucesivos.

            Maceira se cortó:

            ─Nó, hombre, ésas son cosas de éstas, yo no se recitar, Son cosas de estas locas.

            ─Sí, que recite!

            ─ Qué voy a recitar! Si yo no sé ni un verso! Yo me bebo mi champaña.

            Y de un trago apura su copa.

            Se apacigua el auditorio y recomienzan las charlasen corrillos. Marcelino Diez, dilas charlas del quincenario Cláusulas nuevas, próximo a aparecer desde hace tres años, toma del brazo a otro poeta joven y lo conduce al corredor, ofreciéndole un cigarrillo:

            ─ Qué te parece? Lo único original que tiene la composición del viejo Vidal es el amén del fin. Lo demás es puro ripio.

            ─Dígame ese taladre que siempre trae por los cabellos a la madre.

            ─Uf! Y ese que aunque con! Estos academistas tienen un oído de puercos.

            Junto a la ventana la Pereira madre suspira:

            ─Están bonitos los versos.

            ─Como para música, dice Anita García.

            ─Sí, el profesor Chirinos les iba a poner música para que los cantaran las niñas de la escuela, pero no tuvo tiempo.

─¿Chirinos? Toca pianito.

─Nó, hija; el Director de la Banda «Numen Guarimeño».

─Ah! De la Guaira…

─Nó, hija, de aquí. En este caso, creo que Guaireño viene de Guaire, masculino.

            En el sofá del fondo los novios cuchichean. Las conversaciones languidecen. Don Pancho contesta con una sonrisa y una inclinación a las felicitaciones disparadas de lejos. Strübel se aduerme fumando. Se hace el silencio. Los invitados se miran las caras como preguntándose qué hacer.

            De repente Lola Robles exclama, alzando los brazos y haciendo tintinear las pulseras:

─Están pasando los patos:

Y la Pereirita:

─El arzobispo!...

            A las exclamaciones, Julio Maceira sacude su rubia melena ensortijada, mirando en torno con torpeza de beodo, y balbuce:

─Voy a recitar.

─Sí, hombre, recita de veras.

─Nosotros sabemos que lo haces muy bien.

─¿Qué?

─Recitar.

─Bueno, recitaré … en seco. No hay más champaña. Lolita no quiere.

Vacilante, va al medio de la sala, toma una silla y la coloca a guisa de tribuna. Meciéndose, apoyado en el respaldar con ambas manos, como recordando, sacude la cabeza y extendiendo un brazo hasta casi irse de bruces, increpa con toda la fuerza de sus pulmones:

Rompe el león, soberbio, la cadena

Como si de resorte, don Francisco Vidal Garcés salta, se interpone al recitador y los novios, refrenando la oratoria de Julio, y con voz de padre amantísimo le suplica:

─Joven, joven… tenga la bondad, no prosiga usted o varíe. Esa composición no es propia del acto…

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           Transcripción del Bachiller Ninoska Montaño para el Curso Especial de Grado Seminario de Narrativa. Departamento de Filosofía y Letras, Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Venezuela.