Olor de drogas y desinfectantes enfúndese por el patiecito lleno de sol mañanero. Un silencio enorme ahondase en la casa y el más leve ruido tiene en ese silencio repercusión inusitada. Un balde arrastrado por el pavimento de las habitaciones interiores, el choque de una cucharilla contra cristal de un vaso, el pío pío del canario, alárganse, distiéndense a perderse en el fondo del patio, con ecos adelgazados, hasta morir en el pasadizo.
Una sirviente con una jarra de peltre al brazo, sale y, juntando las hojas de la puerta con mucho cuidado, se aleja en puntillas.
La luz reverbera sobre el embaldosado de arcilla roja, vibrando junto a la sombra violeta de los aleros y refractándose en el jabelgue nuevo de las paredes.
Alineadas en latas y cacharros las matas florecidas mecen sus pompones. Los “novios” sangran entre las hojas frescas, las rosas se inclinan con reverencias de pavana y, de las canal al suelo, una trepadora desparrámase cubierta de flores amarillas, como una cabellera adornada de luceros.
Es un jardinillo común, donde no faltan la “cuarenta días”, redonda y rosada y la albahaca medicinal, pero que denota en el orden y en la poda un amoroso cuido.
Hay paz. En medio de tanta luz y de tanto color, una paz dolorosa cuya pesada influencia parece acrecentarse cuando un golpe de brisa sacude las flores y remueve el hálito de drogas y desinfectantes que satura la casa.
Por un postigo abierto sobre el patio se percibe en galería el trémulo resplandor de una lamparilla de altar.
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—Debes estar muerto de cansancio—dice Juan Antonio a su amigo que, con los brazos abiertos sobre el respaldo del sofá y el cuerpo laxo, tiene vuelta la cara al cielo y los ojos fijos en el azul.
—No tanto—responde Eugenio, inmóvil.
Y Juan Antonio se queda observando con una larga mirada de cariño y de ternura, donde rebosa toda la gratitud para el amigo abnegado, para ese Eugenio, corazón de sacrificio, que durante la enfermedad de su mujercita no lo abandona y que en los últimos cinco días, llagado el mal a períodos álgidos, no sale de la casa sino a buscar un remedio para Carmen Rosa, a avisar al doctor Bracho o a cambiarse de ropa, y pronto está de vuelta, con su aire sereno, preguntando en voz baja al llegar:
—¿Cómo sigue?
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La enferma, a pesar de la postración y del letargo en que se halla, a ratos esfuérzase por expresar el mismo agradecimiento que su marido alimenta para el amigo fiel. Cuando despierta y los dos hombres entran a saludarla, ella saca de bajo de las sábanas sus manos exangües y enflaquecidas, pero todavía bellas, de donde las sortijas amenazan soltarse, y apretando la diestra del amigo, aunque su boca dibuja un triste rictus, le sonríe con los ojos.
Juan Antonio besa en la frente a su mujer y ella vuelve al marido las grandes pupilas cloróticas.
—¿Has dormido, Eugenio? — Preguntaba Carmen Rosa.
—¡Buh! Bastante.
—Qué va interrumpe Juan Antonio—una hora apenas estuvo mancornado en la silla de extensión…. Yo sí, aprovechando lo fuerte que es este hombre, me tendí largo en mi cama.
—Entonces, ¿Cómo sabes que yo no he dormido?
—Me lo dijo Zoila, la cocinera, que te estuvo dando tazas de café toda la noche. No me explico cómo puedes resistir cinco o seis trasnochadas casi en claro. ¡Eres de hierro!
—El café…. La preocupación…. Yo no puedo pegar los ojos cuando….
Y Eugenio se turbaba como un chiquillo, disculpándose.
La enferma volvía a sonreírle con su mirada negra y débil; él comenzaba luego a animarla con la esperanza de una convalecencia próxima, en Los Teques, en el parque de pinos azulados, respirando oxígeno de abundancia, o en Macuto, junto al mar, el viejo mar que despilfarra el mejor tónico para recobrar fuerzas el cuerpo y llenarse el alma de sonoras músicas y anhelos de vida.
Eugenio le atenuaba las frases y ella entornaba los párpados, en abandono completo a aquella canción de salud y de alegría, urgente para su joven cuerpo martirizado, mientras el marido contemplaba el cuadro hilvanando recuerdos.
Eugenio no era el amigo de años, el amigo de la infancia, pero lo quería como un hermano. En verdad, ignoraba lo que se llama hermanos, pues no los tuvo; pero, de tenerlos, seguramente no les hubiera debido tanta devoción, tan firme apego ni desinterés más puro.
No recordaba cómo ni cuándo se conocieron; eso sí, más de cuatro años habían corrido y sólo tenía Juan Antonio la seguridad de que él ya estaba casado con Carmen Rosas cuando llevó a Eugenio a su casa y desde entonces fue uno más en la pequeña familia. Huérfano y solo Juan Antonio y Carmen Rosa sin más parentela que dos hermanos de mala cabeza, dos troneras que marcharon a buscar fortuna a otras repúblicas de América, aquella amistad sin desconfianzas, de una pulcritud exagerada, era como necesaria, como una confortación para el matrimonio, pasada ya la resplandeciente jornada de la luna de miel, pues el amor cuando llega a la época de la serenidad gusta de expandirse ante testigos.
Siempre en la mesa de los esposos estaba el puesto de Eugenio, en espera de que se presenta sin aviso previo si antes no se lo había traído Juan Antonio del bracero; y rara vez llegaba aquél sin ramo de flores para la dueña de la casa o el paquete de dulces para el autócrata del hogar, el único hijo, un querubín con cinco años de caído del cielo y sonriente bajo el haz de los cabellos rubios, con el rostro etezado y los ojos oscuros de la madre.
El chico llamábale “Tío Eugenio” y el amigo avivaba el parentesco de paga con besos y regalos de bombones, para beneficio de Carmen Rosa, quien, a pretexto de un empacho del periquito, le daba sólo dos o tres y se comía los demás con el perfecto goce de la gula infantil.
Algunas veces le habían dicho los esposos en conversación íntima:
—Eugenio, tu serías un buen padre de familia, un hombre de hogar, ¿cuándo te casas?
─Nunca….
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Aquella mañana el doctor Bracho permaneció en prolijo examen, encerrado en la alcoba de la enferma, con la criada por sola ayuda. Los dos hombres esperaban en el corredor, embebidos, más que en el claro ambiente matinal, en sus temores présagos y en el apuntar de sus esperanzas, puestas todas en la ciencia de aquel viejo médico, cuya franqueza mezclaba a cierto cariño apostólico una ruda honradez de fiscal tribunalicio.
Cuando se abrió la puerta de la antesala y aparecieron los pantalones grises, el paltolevita oscuro y las barbas blancas del doctor Bracho, los dos amigos se pusieron en pie, adelantándose a recibirle.
El medico se apresuró a hablar:
—Juan, lo que te había dicho: la operación es inevitable, si la operan puede salvarse, si no….
Las miradas de Juan Antonio y Eugenio se buscaron atónitas.
—Tú sabes que yo no soy sino un medicucho, un doctor de yerbas, a la antigua; —prosiguió Bracho, intentando dar a sus palabras sentido humorístico para dulcificar la impresión—te recomiendo que la lleves a una clínica moderna, a un buen cirujano, que tenga aparatos…. Yo no me comprometo, el caso es difícil, un caso precioso, precioso….
—Y ¿con qué recursos?....—Balbuceó Juan—¡yo no tengo como pagar un clínica!
—Entonces…. al Hospital; ¡te aseguro que te lo agradecen allá porque es un caso precioso!....
—¡Es horrible! ¡El Hospital!.... La sola palabra, doctor, ¡llevar mi mujer al Hospital!
—¿Por qué? ¿Verdad, Eugenio? En un departamento especial estará como en su casa, mejor que en su casa… y dispensa. Allí la pueden acompañar todo el tiempo.
—Sí, juan Antonio—dijo lentamente Eugenio—es necesario; buscaremos un servicio especial.
El marido fue a ocultar las lágrimas apoyado en el hombro de su amigo, mientras el doctor Bracho salía haciendo inclinaciones de cabeza que se quedaron sin respuestas.
En ese instante irrumpió por el pasadizo el querubín de los bucles rubios y de los ojos negros, gritando:
—¡El automóvil!... ¡El automóvil!...
E imitaba gutural un sonido de sirena.
Eugenio se desprendió de Juan, corrió hacia el niño y, poniéndole la mano en la boca, le dijo muy bajo, después de basarlo:
─¡Psit! Tu mamaíta está enferma.
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Tres días pasaron después da la operación. Carmen Rosa permanecía en un estado somnolente, fatigoso, y los hombres no se habían alejado sino por instantes del cuartito, donde brillaban el lecho blanco y el lavabo con abrazaderas y tubos de metal bruñido. Sobre la pancha de mármol se desvanecía un ramo de hortensias, traído por Eugenio. El primer día trajo claveles, al siguiente rosas reinas….
En la dulce quietud de aquel establecimiento, en la poesía del ramo de flores en el cuarto pequeño y limpio, sólo detonaba un balde donde entre aguas lívidas se deshacían algodones y vendajes maculados de sangre y antisépticos.
Una hermana estaba en continua ronda y, de hora en hora, venía un participante barbilampiño y jovial, tomaban el pulso a la enferma y algunas veces le aplicaban una inyección.
Los dos amigos casi no hablaban, vigilantes y fatigados. De cuando en vez las sábanas del lecho abultaban sobre el seno de Carmen Rosa y volvían a bajar al escaparse un suspiro profundo. Con un “nada”, dificultoso, eludía las preguntas solícitas por si deseaba algo.
Cerca de las doce de esa tercera noche estuvo el practicante a su visita, y después del servicio, a requerimiento de Eugenio en el pasillo, respondió:
—Está muy débil, pero algo mejor. Así puede seguir días de días, hasta levantarse. El único peligro asoma en una crisis violenta, una reacción inesperada que la deprima enseguida….
—¿Usted crée que podemos retirarnos esta noche a casa?—interrogó Juan Antonio.
─Quedémonos aquí, murmuró Eugenio.
—Es demasiado…. ¡Te vas a enfermar, Eugenio! Estás demacrado, los ojos se te cierran….
—Yo creo que pueden irse tranquilos, terció el estudiante. La hermana San Dionisio no se separa de la señora y yo entro de guardia ahorita, hasta el amanecer. Cualquier cosa le mando a avisar, don Juan.
A las instancias de Juan Antonio cedió Eugenio y juntos bajaron por las calles solitarias hasta la esquina de La Torre, donde encontraron bullicio de cocheros y de nocharniegos. Allí tomaron por diversos caminos, el uno a su casa, el otro a su pensión, y cuando Eugenio llegó a su cuarto de soltero casi lo extrañó a fuerza de no verlo en varios días. A poco cayó en la cama como un leño.
Cuando Eugenio, rato después, volvió a despertar aterrorizado y encendió la luz, también le costó trabajo reconocer el lugar donde se hallaba. Era su habitación misma; en la ventana se encuadraban un pedazo de cielo negro claveteado de estrellas y sobre el velador el reloj marcaba las cuatro menos veinte de la madrugada.
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¿Había soñado? Tal vez. Pero todo lo vió patente: el lecho blanco, el lavabo bruñido, el ramo de hortensias desfalleciendo sobre el mármol, el rostro nacarado de Carmen Rosa que se iba tornado lívido, ceráceo, y la hermana San Dionisio, de rodillas, rezando con un grueso rosario negro y un libro de oraciones. Vió también un sacerdote y, luego, deshojarse las hortensias cuyos pétalos, al tocar el suelo, tornábanse de azules pálidos en pétalos de púrpura.
Y la hermana San Dionisio le había cruzado las manos sobre el pecho a Carme Rosa, encima de un crucifijo, cerrándole después los párpados con la punta de sus dedos piadosos. Luego la visión se disolvió en una niebla gris y una mano invisible le había apretado a Eugenio el corazón.
Vestido a la carrera, con la respiración ahogada, sobresaltándose al menor ruido que imaginaba en torno suyo, Eugenio salió a la calle con la intención de ir a despertar a Juan Antonio.
Al llegar otra vez a la esquina de La Torre se recapacitó:
—¿Cómo le voy a decir que he soñado la muerte de su mujer? ¿Y si resulta una puerilidad, una impresionabilidad de mi parte, un desvarío? ¿Si no fuera más que un sueño?
Alentado por feble esperanza, enderezó el paso viril hacia el Hospital, con todas sus fuerzas. Cuando cruzaba la calle, junto al Panteón, temeroso de sombras fantasmales que pudieran surgir al eco de sus pisadas, percibió el rumor confuso de un coche y el trote repiqueteante de los caballos. Varias veces volvió el rostro, hasta que se encendieron en la sombra dos faroles bermejos, pero no quiso esperarse.
El carruaje lo alcanzó, le pasó al lado y se detuvo a unos cuantos metros delante. En la penumbra se definió una cabeza de varón y Eugenio oyó la voz de Juan Antonio, inmediatamente reconocida, que lo llamaba.
En el trayecto hasta el Hospital se refirieron por qué se había encontrado. El practicante cumplió su palabra de visitar al esposo. Eugenio, por su parte, hizo un breve relato de su sueño terrífico.
Y cuando bajaron en la casa de salud, cruzaron, como locos, guiados por una misma angustia, bajo las arcadas de los corredores y pasaron frente a las salas de donde escapaban gemidos de dolor y ayes de agonía.
Al llegar a la puerta del cuartillo, en el departamento especial, se abrieron paso por un grupo de enfermeras y hermanas.
Carmen Rosa entre las sábanas blancas no respiraba; lívida como de cera, tenía cruzadas las manos sobre el pecho y entre las manos un crucifijo.
La hermana San Dionisio no rezaba ya, sentada a la cabecera, y rodaban por el suelo vendajes de lino empapados de sangre.
Juan Antonio se abalanzó sobre el cuerpo inerte de su mujer y hundió la cabeza entre la almohada y la cabellera profusa, llorando desesperadamente. Eugenio, en pie, se llevó el pañuelo a la boca como para contener un grito; la mano le temblaba y a la luz que le daba de pleno en el rostro, hubiérasele visto congestionarse; en sangre se encendía sus mejillas bañadas por las lágrimas.
—Fue una reacción violenta, lo que les dije…. Luego le vino una hemorragia terrible –sopló el practicante al oído de Eugenio.
Y la hermana San Dionisio, levantándose, se acercó a Juan Antonio y para consolarse en su desespero, poniéndole una mano en el hombro, con voz angelical, de timbre claro y armonioso, le dijo:
—Resignación, hermano. Dios es la Suma Bondad, y ella estará en la gloria del Señor…. Yo no lo conozco a usted, pero comprendo que es bueno por la abnegación con que le he visto atendiendo a su esposa. Y ella también le quería, ¡le quería mucho!, sus últimas palabras fueron para usted, murió pronunciando su nombre.
—¿Sí?—Exclamó Juan Antonio, levantando la vista y dejando correr una cascada de sollozos.
—Pocos momentos antes de expirar—continuó la sor—pocos minutos antes de cerrar los labios para siempre, suspiró:
—¡Eugenio, Eugenio, amor mío!
Tomado de Leoncio Martínez, Mis otros fantoches. Caracas, Editorial Elite, 1932, pp. 65-75. Digitalización y modernización de la ortografía a cargo de Anabel Torrealba, cursante del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.