Cuando me lo presentaron me dijo su nombre, con una voz nasal, meliflua y alargada, así como un maullido:
—Mario Mariño.
Y me pareció que algo felposo y blando se restregaba contra el ruedo de mis pantalones, se enroscaba acariciante entre mis piernas. Enseguida le mire la cara y, ahincándose en los míos, me sorprendieron sus ojos de pepermín, puntuados en el centro por una niña alongada y negra como una caraota diminuta. El nuevo contertulio tenía ojos de gato; pero, no eran únicamente los ojos de aquel hombre lo que lo que le emparentaba de cerca con la raza felina, sino también su rostro. Mario Mariño tenia cara de gato y no de esos zapirones vivaces y malignos, inquietantes, que parecen siempre en acecho y dispuestos al asalto; su cara denotaba la doméstica apacibilidad de los gatos de fogón, de esos mininos hambrientos y melancólicos de color indefinido, a los cuales parece que se les cayeron hace tiempo los dientes y que su vejez les ha empañado el verde cristal de los ojos, como se empolvan los cascos de botella tirados en mitad de los caminos.
Aun su traje, su mismo traje de un gris difuso en que se entretejían hilos de diversos matices, le prestaba un color de pelambre barcina; aún su manera de sonreír, con la boca apretada en semicírculo hacía las comisuras, imperceptibles la línea del labio superior, que se abombaba debajo de la narices, diminutas y respingadas, producían la impresión de que iba a decir “ñau”; aún sus manos, gordezuelas, adelantadas y apoyadas, una sobre otra, en el puño del báculo, hacían pensar en pequeñas zarpas ocultas y romas.
Desde que llegó el primer día a nuestra reunión, a donde lo llevara no sé quién —uno de los contertulios cotidianos— aquel hombre tan tranquilo, tan parsimonioso, tan suave, comenzó a hacerse inquietante, no porque resultara u extraño en el grupo de íntimos, ni por la tácita desconfianza con que toda sociedad por pequeña que sea recibe cualquier elemento nuevo, ni siquiera porque hubiese caído antipático, no, sino por la misma mansedumbre con que ponía atención a las conversaciones, inclinando la cabeza sobre el hombro izquierdo, por el aire indiferente y bisojo con que parecía observarlo todo y por el movimiento de zarpa con que echaba la mano en el hombro del más próximo de la tertulia y, para comenzar su relato, lanzaba un indefectible “ahora verán”….
Cuando Mariño, abriendo la boca perezosa y ampliamente, con la lentitud de un muñeco automático de pana, dejaba caer esas palabras, como un par de dados sobre la mesa, todos callábamos y nuestras miradas convergían en sus ojos, cual si de aquellos talismanes misteriosos fuese a fluir la revelación de inexcruíables designios. Mientras hablaba, paladeando las palabras antes de soltarlas, una especie de pavor religioso dominaba el grupo, cierto fetiquismo por cosa indiscutible, una aceptación resignada a escucharle, pues, en fin de fines, el hombre de los ojos de gato no decía nada en particular: sus narraciones eran historias vulgares, de cosas sin importancia, vida y milagros de todo el mundo, husmeados en los residuos sociales, sucesos de viajes por tierras en donde quizás no estuvo nunca, anécdotas de los tiempos de Crespo, historia patria, mentiras de poca monta o casas mal leídas y aprendidas a medias.
Pero, nadie se atrevía a contradecirle, ni él jamás le quitaba la razón a ninguno.
Eso sí, cuando no se hallaba presente y caía su nombre en el círculo del fastidio, que giraba en torno del platón de copas, en busca de un tema para empatar la conversación, todo se volvía imprecaciones y denuestos contra él:
—¡Qué aburrimiento de hombre!
—¡Es obsesionante!
—¡Quiere opinar en todo!
—¡Y no quiere decir que sea malo, pero hasta cuando está callado molesta.
—¡Esa inmovilidad!
—Es pegajoso….
—Va a acabar por echarnos a la calle.
—Hay que buscar otro sitio donde reunirnos.
—¡Ahí viene! –decía uno en tono chusco y bajo, como tratando de romper con un esfuerzo de la burla el dominio de lo sobrenatural.
Silencio supersticioso. Luego una carcajada. Era mentira, no venía, no venía nadie, no venía él….
Pero, antes de los cinco minutos, en la puerta del fondo del salón, aparecía el traje gris, fulguraban los ojos de esmeralda lívido, se arqueaba la sonrisa gatuna.
—Buenas noches, señores.
—Buenas noches, Mariño.
Sentábase sin más, miraba el servicio puesto y pedía un brandy.
*
* *
Inútil, todo inútil. En vano tratábamos de disgregarnos, de buscar otro refugio, de plantar nuestra tertulia en otro establecimiento. Le huíamos, nos le escondíamos, al verlo aparecer por una calle, cruzábamos la esquina hacia otra. No importaba, él acertaría más allá con nuestro paradero, tropezaría inesperadamente con alguno de los cofrades…. Exprofeso escogimos lugares pocos frecuentados, escapábamos a barrios a donde no íbamos jamás, nos amparamos sigilosos en rincones de cafés de lujo o insospechables tabernas del hampa…. ¡Rara la noche en que nos retirábamos sin haberle visto! Como si nuestro pensamiento, nuestro miedo, el tácito y mutuo pavor tuviera la fuerza de invisibles hilos para atraerlo, el hombre de los ojos de gato nos caía del techo, surgía de bajo de un mostrador, se desenroscaba de una cortina, erguíase detrás de una silla sin que nadie le hubiese visto entrar.
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* *
Un día el hombre de los ojos de gato nos dio una noticia aterradora: había comprado un automóvil.
Nos mirábamos las caras unos a otros, llenos de susto. Una misma aprensión recorrió el círculo, saltando de mente en mente como una bola de ruleta: ahora si sería imposible de la persecución; ahora, con un automóvil, nos descubriría dondequiera, recorriendo fácilmente la ciudad, mientras nosotros, infelices peatones, no hallaríamos refugio ni escondite. Nos buscaría, nos localizaría en lo más remotos sitios.
En efecto, aquel automóvil llegó a ser nuestra pesadilla. Le conocíamos de lejos el sonido de la corneta, el ronquido del motor, la forma del radiador, los faroles de cristales —¡por cruel casualidad!— verdes, la carrocería pintada de gris oscuro…. Lo conocíamos en cuanto asomaba la trompa en el marco de una puerta abierta hacia la calle, y a poco descendía el hombre de los ojos de gato, quitándose los guantes de guiar y con su perenne sonrisa silenciosa,
Aquel automóvil fue nuestro martirio, nuestra silla candente. Cuando alguno anunciaba disolver la reunión, el amigo Mariño se oponía amabilísimo:
—Espérense, yo los llevaré.
Ante su modo suave, sumiso, era imposible rebelarse, indignarse, ponerle siquiera mala cara; aceptábamos, nos sentábamos en los muelles cojines como en un instrumento de tortura y él nos iba repartiendo uno a uno a nuestras respectivas casas, ideando al paso un último trago de despedida que se afanaba en pagar antes de nadie. Pero, no; hubiéramos querido marchar por nuestros propios pies, mover libres los brazos, hablar a gritos en mitad de la acera, detenernos donde no viniese en ganas; y sin embargo era obligatorio meterse tiesos y circunspectos en aquel suplicio rodante, era imposible eludir la invitación, no existían fuerzas humanas que se negaran a tan dulce insistencia expresada no con palabras sino con una súplica de aquellas mustias pupilas de morrongo viejo.
Mariño tomo afecto preferente por mí, hallaba un goce especial en conducirme a mi casa, situada en las afueras de la ciudad, atravesando un parque en cuya recta y solitaria avenida abandonaba el volante con beatitud y se volvía en el asiento a relatarme las finales confidencias del día.
Con inocente crueldad me dejaba en la puerta de casa y, sonriendo siempre, decíame:
—Hasta mañana.
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* *
A la hora crepuscular hallábame curioseando una variedad de bibelotes modernistas en la vitrina de una tienda, incendiada de luces eléctricas y de refracciones de espejos. De repente todos mis sentidos se concentraron en una lamparilla de velador, símil de una cabeza de gato, hecha en porcelana oscura, pero cuya luz interior fulgecía por los ojos claros, ojos verdes, límpidos, ojos de sorpresa, inmóvil, casi oval y de una vitalidad imperiosa.
Me sentía dominado integro por aquella absurda mirada color de mente con una diéresis de tinta china en el centro; me sobrecogía una atracción fatal, me embobaba la hipnótica fijeza de aquellas pupilas que ya me parecía conocer, que las había visto otra vez clavadas en mí, sin ser de porcelana, pero semejándolo…. Cuando, de pronto, en el fondo de espejos de la vitrina, miré duplicarse los mismos ojos inexpresivos y brillantes como bengalas, mire los ojos de la lamparilla que me atisbaban desde el cristal y sentí posarse en mi hombro una mano blanducha…. Era Mariño, era el hombre de los ojos de gato.
*
* *
Aquella noche sentiame mal. El alcohol me congestionaba. Los tragos subíanseme a la cabeza sin producirme júbilo, sino al contrario una pensatez dolorosa, como si tuviera el cráneo relleno de plomo. En la frente se agolpaban la fiebre y el latir de la sangre y, en cambio, en los pies y en la mano persistía una humedad enfermiza. De fuera, entrecruzándose por las puertas, soplaban rachas gélidas que me hacían estremecer y en la calle el viento arrastraba una llovizna menuda, sólo perceptible en torno a los focos. Me levanté y me despedí. El hombre de los ojos de gato me indujo a quedarme, prometiéndome que me llevaría a casa. ¡No! Me pareció que el espectro de la fiebre se agazapaba en sus pupilas de agua enferma y traspiraba por su naricilla respingona. ¡No! Me iría solo, solo, libre…. Y eché a calle abajo.
A medida que me alejaba fue arreciando la lluvia. Ya no era la garúa imperceptible, sino agujas de hielo que me punzaban el rostro y me traspasaban la ropa. Se iban haciendo más densas y más recias. Apreté el paso tiritando y, al tomar la avenida del parque, oí el alarido de una corneta de automóvil como un grito de alerta. El claxon parecía gritarme con una voz conocida: párate, párate! Y yo marchaba más a prisa. Luego dióme alcance la luz de los faros reflejando en el pavimento sus dos conos lumínicos. Se acercaba, pero yo no quería volver el rostro temeroso. El auto aminoró velocidad hasta igualar el paso de un hombre a mi lado. De a dentro me dijo alguien —¿quién iba a ser sino él?— con hablar pastudo y manso:
—Sube.
Escuché la portezuela que se abría y, sin volverme, repuse autoritario:
—¡No!
—Sube, que te vas mojando.
—No, no— repetí.
—Mira que estás quebrantando y te va a hacer daño.
—Ya voy a llegar a mi casa.
La lluvia foetaba las hojas convulsas, desesperadas, y los árboles gemían al impulso del ventarrón. Parecía que todo el parque, como una sola masa, se encorvara cobarde a los latigazos del chubasco y chorrease sobre mí las gotas de su llanto. Estaba empapado y el frío me agarrotaba la médula. La luz de los faros continuaba caminando junto a mí y él, invisible bajo la capota, repetía:
—Entra, chico, que te puede hacer daño.
Sobrevino la rebelión. Parándome en seco, detuve con el gesto el automóvil y le grite furioso al hombre de los ojos de gato:
—¡Déjeme! ¡Váyase! Yo se llegar solo a mi casa. No necesito su automóvil, ni lo necesito a usted…. ¡Váyase!
—Chico, ¿estás loco? ¿Te han hecho daño los tragos? ¿Estás loco?—farfullaba el hombre de los ojos de gato, mansamente, dolidamente en un largo maullido.
Sin hacerle caso seguí, a grandes trancos, rebasé la calzada y me metí por una callejuela tan ríspida que, de seguirme, hubiera perdido un neumático.
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* *
Solo recuerdo, de aquella noche, que subí la escalera, de cuatro peldaños, como huyendo, me quité las ropas ensopadas y me zabullí en la cama, bajo doble cobija, acurrucado, calofriante, dándome casi con las mandíbulas en las chocozuelas. Mis sienes ardían. Penosamente pude apresar el sueño; cuando cerraba los ojos veía círculos morados, naranjas, verdes, cintilantes, y surgían en la sombra monstruosas cabezas deformes que me hacían morisquetas, guiñaban los ojos y sacaban la lengua. Luego tuve pesadillas con ríos crecidos y luchas con gatos que se volvían tigres y a los cuales lograba ahorcar y abrirles el vientrecon enormes cuchillos.
Dormido sentía fiebre y el torniquete del dolor de cabeza y oía mis propios gritos de delirio, hasta que por la mañana, en un fondo de oscuridad y lejanía escuché el acento de mi madre:
—Enrique, Enrique.
Abrí los ojos como quien levanta una pesada cortina y vi a la viejita en la puerta de la alcoba.
—Enrique, estabas enfermo y no me habías dicho nada. ¿Qué tienes? Aquí esta un amigo que viene a saludarte.
Sentándome electrizado en el borde de la cama pregunté:
—¿Quién es?
—Soy yo, Enrique.
Y sin esperar más, el hombre de los ojos de gato se coló por entre mi madre y la hoja de la puerta hasta el centro de la habitación.
Fue un salto de jaguar, un alarido de bestia furiosa y lo agarré por el pescuezo; él se abrazó a mí con fuerza, como para triturarme las costillas. En lucha, gritándole yo: “¡véte, véte!”, y modulando él palabras de cariño y de calma, llegamos al balcón. Logré hacerle cimbrar por la cintura en el barandal, y lo empuje de espaldas al vacío, pero, aferrado a mí y con la violencia del empuje, me arrastró en la caída….
*
* *
Cuando me recuperé, tendido en mi lecho, me dolían todos los huesos, me parecía tener la cabeza desgonzada y rotos los codos. Un pañuelo húmedo me envolvía el cráneo, y las sábanas sobre mi cuerpo.
En un sillón junto a mi cama estaba mi madre y en la penumbra del cuarto advertí borrosas otras figuras familiares. Tuve un turbio recuerdo de lo sucedido:
—¿Qué pasó, mamita? —interrogué quejoso.
—Nada, hijo, un delirio, un delirio terrible. Te volviste loco por la fiebre y le saltaste hecho una furia a ese señor tan fino que vino a verte: uno de ojos verde... el trató de defenderse y sujetarse y en la lucha cayeron los dos por el balcón. Tú caíste de espaldas y recibiste un golpe horroroso en el cerebro y en la columna. ¡Por no la cuentas!
—¿Y él? — inquirí con angustia.
—Tuvo más suerte: cayó de pies y no le pasó nada.
—¿Nada? ¿No se mató? ¿Ni siquiera se quebró una pierna?
¡Oh! El hombre de los ojos de gato tenía siete vidas. Era inmortal como el tedio, eterno como la imbecilidad humana y como el humano fastidio.
Tomado de Leoncio Martínez, Mis otros fantoches. Caracas, Élite, 1932, pp. 177-189. Digitalizado por Anny Herrera, cursante del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.