El atronado


 

—¡Sin duda, Vidoza tiene talento!

                El director puso las pruebas sobre el mesón y con aire de magisterio agregó:

—Es de la madera de los periodistas, lástima  que sea tan loco; le falta fundamento. Casi las dos de la madrugada y no aparece por aquí, a pesar de que le recomendé mucho el editorial. Ya ven: ni Montesinos, ni Rangel ni Pérez, supieron hacerme nada que valiera la pena. ¡A Pérez tuve que romperle tres veces los originales!… Se lo recomendé a Vidoza y no he tenido que tacharle sino un parrafito.

                Haciendo voltejear[1]  los lentes de carey[2] en la tirilla negra, el director gritó desde la puerta al jefe de los talleres:

—¡Arrieta, si viene Vidoza que le eche una ojeada al editorial!

Y se marchó por el pasadizo, voceando:

—¡Mañana ese artículo va a dar el palo!

Por detrás de un estante surgió Vidoza, como una aparición:

—¡Si, oh, chico!... ¡Pero no me aumentas el sueldo!, –dijo en tono burlesco, cuando ya advertía lejos los pasos del director. Y después:

—Este carrizo[3] cree que con trescientos bolívares puede vivir un hombre que se estime.

—Cien menos gano yo, –murmuró Cañizares, el segundo de la corrección, –y, ya ves, soy casado…

—Yo no soy casado, pero tengo tres queridas… ¡Ah, Arrieta!

—¿Quieres ver las pruebas?

—Qué pruebas, ni pruebas: que las vea el Papa… Yo vengo a comerme un muerto frito. ¿No ha caído ningún muerto?

*

                                                                                       *        *

 

En la vida farandulera del diarismo hay una costumbre trágica: comerse los muertos. Entre los chicos de la prensa, los verdaderos  “chicos”, redactores y cronista, los humildes laboriosos que tienen a cuestas “hacer el periódico”, gente alegre y nocherniega[4] que no dispone de fajos de billetes, ni de la chequera del Director, ni tiene a su orden la caja del Club, era necesario “comerse un muerto”, cuando, a altas horas, nos cogía una descampada[5], con los bolsillos vacíos, la sed de whisky abierta, el crédito cerrado y a las puertas una auriga[6] implacable como un guarda aduana.

En medio del “trueno”, de la borrachera, del vocerío y del escándalo de mujeres, cuando el botiquinero inflexible a nuestros ruegos y promesas nos negaba un préstamo más, al palparnos la faltriquera[7] escuálida, surgía la idea macabra, el recurso supremo, ir a buscar dinero al periódico. ¿Cómo? Pasada la media noche las oficinas están cerradas, el hombre de los caudales[8], el administrador, duerme en su casa sueño beatífico[9], para levantarse con la aurora[10] a echar números y contar centavos.  Solo quedan vivos a esa hora los talleres; en la corrección de pruebas se oye la voz del lector, monótono chorro de agua interrumpido a veces por un error de importancia o para darle un mordisco a la tostada que se enfría sobre una cuartilla[11] mantecosa; dentro, los linotipos[12] en atareo  fingen un son[13] militar de rápidas carga y descarga de armas; es la hora en que el frío y el sueño se meten en el taller como dos manos enormes que todo lo arropan; ya no se lanzan chistes ni bromas de chibalete[14] a chibalete, ni se tiran pelotas de papel mojado, ni se cantan estribillos populares. Acaso alguno suspira por un trago de café o de aguardiente que le despeje la imaginación y la vista. El mazo de la imposición da rudos golpes sobre la forma que va a entrar.

 

A esa hora, ¿quién  podría tener dinero?

Los muertos nos salvaban.

 

Allí estaba Arrieta o el impositor de guardia para preguntárselo:

—¿No ha caído ninguno?

 

Al vernos aparecer con cierto aire gatuno, adulón, al darle un golpecito en el hombro, Arrieta comprendía que veníamos contra las invitaciones de entierros, el ingreso nocturno de los diarios.

Avisos grandes no “caen” de noche sino muy raramente; o por lo general son de casa de confianza, a quienes se les pasa cuenta. Los “económicos” y las tarjetas se pagan al llevarlas y el jefe del taller guarda el dinero para entregarlo, al siguiente día, al administrador.

Con mimo, brindándole una copa y pasándole la mano, en esos momentos de tragedia fantástica en que nos encontrábamos sin un real, sabíamos conquistar al bonachón[15] de Arrieta, para arrancarle el producto de otras tragedias verdaderas, treinta o cuarenta bolívares para seguir la juerga[16].

Y nunca nos detuvimos a meditar que las orlas[17] fúnebres y las cruces que en la hoja del diario adornan los nombres de aquellos que dejaron de ser cristianamente, enmarcaban también muchas veces una página de nuestra juventud tormentosa, una noche de amor y de locura, en que cantamos la vida y la bohemia[18], mientras en otra parte, en torno del féretro, se lloraba la despedida para siempre jamás.

Cuántas noches, impacientes porque no había “caído” nada renegábamos, al oír que de fuera nos llamaban con el golpeteo del timbre desde el pescante[19]:

—¡Caray! ¿Esta noche no habrá ningún pendejo que piense emprender viaje para el otro mundo?

 

*

              *        *

 

—¡Ese Vidoza si que tiene agallas!... ¡Todas las noches se come un cementerio!

                En efecto, siempre se nos anticipaba; cada vez que recurríamos a Arrieta, nos contestaba con una frase sacramental[20]:

—¡Uhm! Lo que había se lo llevó Vidoza.

               

No le faltaba cada noche un baile, una cita o una juerga, muchos tragos en la cabeza, y la frase ritual del Director:

—¡Qué lástima! Es un loco.

 

           *

                                                                                     *        *

A pesar de la tez[21] pálida, del cabello fino y lacio y de la nariz alta y aguda, Roberto Vidoza llevaba impresa en las facciones la huella de mestizaje. Irreprochable en el vestir, elegante, musculado; figuraba en los salones, galanteaba a las damitas de calidad, se le consideraba uno de los escritores de más talento entre los de la generación joven y sus amigos–como suele ocurrir a la gente de redacciones–lo eran todos hasta los más empingorotados[22] “sportmen”[23], que lo invitaban a jugar tenis en las canchas del Paraíso.

Pero, su familia no figuraba en las notas sociales, ni llevó nunca a su casa un camarada.

 

*

*        *

 

Hijo único de Balbina Iriarte, este apellido era el suyo. El de Vidoza no le correspondía legalmente.

Pero, aunque aquel Vidoza, que acabó por ir a morir en el hospital, se hubiera comportado canallamente, Balbina quiso que el hijo llevara el nombre de su padre. Para su corazón de mujer, sangrando siempre sobre aquel amor desgraciado, nada ni nadie en la tierra podría impedírselo: y desde pequeño lo acostumbró a firmarse Roberto Vidoza.

No era venganza del odio, ni póstuma piedad de perdón, sino un derecho justiciero; Balbina Iriarte se resignó a no tener esposo, pero le causaba un dolor enorme que su hijo apareciera sin padre.

 

*

 *        *

                Después de tantas lágrimas, ¡cuánto sacrificio y cuántas privaciones para educar al niño! Vigilias sobre la máquina de coser, noches enteras planchando, un teje y maneje con las casas de empeño, con prestamistas y corredores.

                Sobre sus rodillas le enseñó las letras, luego lo envió a la escuela parroquial, después lo puso en un colegio de varones.

                Vivaz, inteligente, Roberto aprendió pronto, pero un día, malos días de miseria, la madre no pudo sostener la pensión. Quiso retirar al niño y el maestro se opuso:

                —¡No, señora! Yo no consiento en perder uno de mis mejores discípulos. Usted pagará cuando pueda, mientras tanto, déjeme al niño.

                Y lo puso de profesor de geografía de los más pequeños. Desde entonces Balbina no tuvo que pagar la mensualidad del colegio. Roberto se graduó de bachiller, pero a poco abandonó los estudios.

 

*

 *        *

                Le había dado por ser literato[24] y, para ganar algo, le fue fácil conseguir empleo en un periódico, con el nombre que ya tenía y la recomendación de un escritor viejo.

                Balbina Iriarte se dolía de la profesión escogida por su hijo. Ella soñaba un doctor, un médico, con la clínica llena de clientes, un abogado que defendiera ruidosos pleitos o un arquitecto que levantase palacios de maravilla…

                Además, esa vida que había cogido Roberto y que pareciera ser intrínseca de la literatura, una especie de obligación del oficio, la mortificaba mucho. No comprendía por qué, para escribir, debiera beber tanto, emborracharse casi a diario, pasar largas sesiones en cenáculo[25] en torno a las mesas de las botillerías[26], dormir fuera de casa, transcurrir hasta ocho días sin que se le viera la cara. En la redacción misma no sabían de él durante semanas enteras.

                Y de dinero para la madre, nada o casi nada. Ella llevaba la misma vida de angustia y desamparo de cuando él era niño. La pobre vieja se sentía mal, escasa de fuerza y las fatigas y depresiones del corazón la habían sorprendido muchas veces sola, completamente sola…

 

*

 *        *

 

                Eran cerca de las tres de la madrugada. Se detuvo un coche y rechinó el portalón[27] de la casa colonial donde estaban las oficinas del Diario. Oíanse voces de hombres y mujeres:

                —¡Anda, pues, chico!

                Roberto cruzó los corredores solitarios, la sala de la corrección de pruebas, oscura. Para entrar en los talleres trató de disimular el paso tambaleante de ebrio y se enderezó, tirándose de las solapas[28] del gabán[29].

                Arrieta al verlo exclamó:

—Pájaro de mar por tierra.

                —Tú no eres bruto… Una necesidad muy grande; tengo ahí a la Chinga y a Carmencita en el coche de Cara de Diablo… Estoy de a locha[30]… Necesito comerme un muerto. ¿No ha caído ninguno?

                —Esta noche la cosa está malojera[31], repuso Arrieta.

                —¿Nada? ¿Nada?

                —Hay por ahí dos económicos y una invitación pequeña, de a una columna; casi un pobre de solemnidad.

                —¿Cuánto por todo?

                —Doce bolívares.

                —Vengan, yo me conformo.

                —Te los doy si me ayudas a corregir la prueba. Toma, llévame el original.

                Y Arrieta comenzó silabeando[32]:

                —Ha fallecido cristianamente la señora Balbina Iriarte, su hijo…

                Roberto cayó de bruces[33] sobre el chibalete más cercano. Se ahogaba en sollozos, convulso, y a la solicitud cariñosa del otro respondía bebiéndose las lágrimas:

                —Es mi mamá… valecito… es mi mamá… ¡Qué malo soy yo… qué malo!

 

*

 *        *

                Así llevaba, llorando, media hora.

                El auriga, conocedor de la casa, se introdujo hasta los talleres y al verlo en aquella actitud, ignorante de todo, le tocó en la espalda y le dijo en son de chercha[34]:

                –Roberto, ¿Cómo que te pegó el plomo? ¡La cogiste llorona!... ¡Las muchachas te mandan a decir que las tienes secas!

 

 

Tomado de Leoncio Martínez, Mis otros fantoches. Caracas, Élite, 1932, pp.  55-64. Digitalización, corrección y notas a cargo de la Br. Greicys Rodríguez, cursante del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filos



[1] Dar vueltas.

[2] Concha.

[3] Es un venezolanismo y significa carajo.

[4] Noctámbulo, trasnochadora.

[5] Descubierta, libre.

[6] Cochero.

[7] Bolsillo.

[8] Recursos, dinero.

[9] Bendito.

[10] Mañana.

[11] Papel.

[12] Forma tipográfica obtenida con la máquina con teclado que prepara los textos para la imprenta.

[13] Modo, manera, forma.

[14] Armazón donde se colocan las cajas de caracteres.

[15] Ingenuo, crédulo, confiado.

[16] Fiesta, diversión.

[17] Adorno entorno de lo impreso, de un retrato.

[18] Desordenada.

[19] Asiento, soporte.

[20] Acostumbrada, habitual.

[21] Piel.

[22] Es un venezolanismo que significa engreídos, encopetados, presuntuosos.

[23] Deportistas.

[24] Escritor.

[25] Reunión de escritores, artistas, entre otros.

[26] Comercio de vinos y licores embotellados.

[27] Portón.

[28] Parte del vestido correspondiente al pecho que se dobla hacia afuera.

[29] Abrigo, sobretodo, impermeable.

[30] En Venezuela es una moneda de níquel de medio real.

[31] Mala, no muy buena.

[32] Deletreando, pronunciando.

[33] Caer de boca.

[34] Broma.