La complicidad del corset con una negra “práctica” de la hacienda dejó inédito aquel delito de amor; el corset puso disimulo hasta cuando la naturaleza irrefrenable se resistió a la opresión: y la negra Macaria, traída de urgencia y con todo sigilo, prestó la pericia de sus manos obstétricas y el juramento de su fidelidad a la familia, a la cual su espíritu de colona irredenta le ataba por ancestrales ligaduras.
No hubo escándalo, ni debía haberlo; el nombre de los Lizcarri, por muchos títulos honorable de seis generaciones atrás, ni su prestigio social, abonados con el saneo de un buen patrimonio y con una vida orgullosa y aparente, de etiqueta y de saraos, podía rodar de la noche a la mañana, con el deshonor de la hija, de boca en boca, entre las habillas crueles de las amistades y las puyas sardónicas del vulgo envidioso y lenguaraz.
Todo se hizo como entre gente discreta que sabe hacerlo. Desde aquella noche de tormenta y de lágrimas en que Margarita confesó su falta, la puerta señorial de los Lizcarri se cerró a sus relaciones, sin ruido, majestuosamente, reservadamente, tras la última sonrisa, como los amos de la casa acostumbraban sonreír a la despedida de un baile, y bajo un pretexto cualquiera que justificase el temporal retraimiento.
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Un crimen, no. La vieja Macaria, entre cuyas manos terronosas y huesudas se alzaba la recién nacida como una albísima batata de nardos, no hubiese consentido en el infanticidio; hechas aquellas manos a trajinar con la vida naciente, con el retoño y con el ternerillo, con el pichón y el capullo, primero se rebelaran contra los amos que engarfiarse asesinas al cuello de las criaturas.
La madre lloraba en el lecho, pidiendo el doloroso fruto de sus entrañas, y junto a ella, de pie, severos, pero sin poder despojarse de su ternura, los señores de Lizcarri aducían razones de índole mundana, conveniencias de familia, lustre del apellido y, por sobre todo, la necesidad imperiosa de una separación, borrar toda huella, ocultar la existencia de aquel candor espurio, más inocente mientras más deshonroso.
—Que no trascienda!... ¡Que no trascienda!, rugía el anciano Lizcarri, paseándose a trancos por la alcoba y torturándose las manos cruzadas bajo los faldones del paltolevita.
Y no trascendió.
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El dios que cuelga los nidos de los árboles, alimenta los pozos en las llanuras eriales y enciende las oraciones en el pecho de los desesperados, ha puesto también en el corazón de las ciudades pecadoras los asilos para los niños sin padres.
Entre el gris de una madrugada se deslizó una sombra furtiva junto al viejo muro pío y dejó sobre el quicio de piedra, envuelta en las únicas batistas su cuna, una pequeñuela blanca y trémula, a quien se rogaba le pusieran por nombre Flora Herminia, esperanza de remoto desagravio, boleta de rescate servida al azar de un consuelo para el maternal instinto que se enardece.
Porque la gente decente sabe evolucionar muy bien en la conservación del rango —de algo muy bien valer generaciones sucesivas de educación social—y si por respeto a sí mismo no se atreve a matar, abandona.
Cuando, al toque de seis, abrióse el pesado portón del hospicio, esa mañana se ocupó una cuna más, tendida con los blancos linos que tras el portal del Cielo lava la Virgen María.
Y alguna hermanita, de rostro oval y lindo, tuvo un estremecimiento recóndito, al apretar contra su seno intacto la criatura y darle el primer biberón.
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Sin embargo, Julio Gracián no podía olvidar el amor de Margarita Lizcarri. Después de aquella “su canallada”, de su fuga cobarde, escribió, pidió perdón, ofreció reparaciones a los padres ofendidos y volvió para casarse con la mujer en quien dejara incrustado lo más puro de su alma, la pasión más fuerte de su existencia, ser de su ser, y cuyas cariciosas ternuras no podría borrar jamás… Aparte de que, entre la precipitación del viaje y el temor al escándalo, había dejado sus negocios en mal arreglo y peligraban sus intereses, a punto de diseñarle en el horizonte la amenaza de verse un día en el extranjero y sin recursos.

Pocos meses después, la boda Gracián Lizcarri congregó, zalameras y aduladoras, las amistades de la casa señorial en una fiesta espléndida. Nadie dijo nada, nadie sabía nada. Los azahares de la frente de la novia parecían frescos e indemnes.
Pero, en el Asilo de Huérfanos estaba Flora Herminia.

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Y allí se crió y allí debía vivir, pues el destino le señalaba aquella como su casa. Cuando a sus padres, ya repuesto el decoro y en una renovación de idilio, se les deslizó la ternura hacia la hija, fueron a reclamarla y tropezaron con un inconveniente, la madre superiora se lo hizo saber:
—Solo en los casos de una advertencia previa y de una señal dejada al depositar el niño, las reglas del establecimiento permitían que se le retirara; de otra manera, terminantemente, no; podían visitar a Flora Herminia, los domingos, regalarle, cuidarle, pero llevársela, nunca, mientras no cumpliera diez y ocho años y eso, si ella quería, para lo cual no estaba demás, desde pequeña, irle advirtiendo quiénes eran sus progenitores.
—No! Que no lo sepa! Guárdenos el secreto!, gimió Margarita.
Y los señores Gracián-Lizcarri salieron del asilo, silenciosos, protegiéndose uno contra otro, opresas las almas, y se alejaron en su carruaje.
Luego, al principio, las visitas dominicales y las dádivas magnificentes, que hacían sonreír la cara de manzana de la superiora; y, al correr de los días, asiduidades y larguezas se fueron espaciando y amenguándose hasta perder importancia. Margarita estaba en estado de un nuevo hijo.

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Reglamentada por el rebato de una campana, Flora Herminia despertó en mujer. La campana sonaba casi con el alba para levantarse; la campana anunciábale la hora de las comidas sobrias y mendigas, los largos refunfuños místicos de los rosarios en el oratorio, los reposos nostálgicos de su infancia reclusa y sin alegría, las clases, el trabajo… Con la campana aprendió a deletrear, bajo el índice de las incluseras mayores; con la campana empezó a soñar en lo desconocido, viendo los naranjos que, al soplo de la brisa, cabeceaban en un cielo color de malva y se despojaban de sus hojas secas sobre el enlajado del patio.

Por los claustros de los corredores dio sus primeros pasos, colgada en cruz a las manos de unas dulces mujeres de negro sayal y toga blanca, que ejercitaban en ella las intenciones de una maternidad infusa. En el solar del hospicio corrió, muy pocas veces, los sábados, si venían algunas niñas de fuera, que se vestían distinto a ellas, y desató sus ímpetus pueriles en juegos que la llenaban de encanto.
Sabía de unos señores que se interesaban por ella y si en alguna pascua tuvo muñeca y otra vez zapatos nuevos, fue porque vinieron de aquellos señores ignorados, misteriosos y buenos, como los Reyes Magos, y que se apiadaban de los niños sin padres. Así perdíase en cavilaciones de una vida desconocida, a través de los muros de su encierro de penitenciaria de nacimiento.
—¿Quiénes?.... Tal vez…
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Era Flora Herminia melancólica y mientras más melancólica más bella. La flor del asilo, decíale la madre superiora, por dócil, por aplicada, por buena; cordial con las de su edad, amorosa con chiquitinas, parecía una madrecita cuando le tocaba impartirles el aseo o darles de comer. Por la flor de su nombre, por la flor de su espíritu, por su cara de flor, la querían todos, la querían mucho… Ya la adolescencia reventaba en signos óptimos bajo trajecito azul de asilada, que dejaba escapar a boca de mangas las manos perfectas y los pies menudos bajo el ruedo simple.
Ya Flora Herminia parecía presentir y con los ojos bajos y una angustia indecible, había escuchado, al salir en rebaño de la misa parroquial o de las Flores de María, el piropo que a su hermosura le disparara al paso algún mozalbete, joven tenorio de esquina.

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Fue un grave alerta en el honorable hogar de los esposos Gracián-Lizcarri semejante llamada y, a la casualidad, en un día de santo, cuando la casa estaba llena de gente. Ya Flora Herminia había cumplido la fecha de salir del asilo. Y ahora…
—¿Cómo decirles a las otras niñas que aquella que venía era su hermana mayor
—¿Cómo presentarla en sociedad sin delator, después de toda una vida de estimación pública, un delito que nos degrada?
—¿Y ella? ¿Qué pensará ella? ¿Podrá querernos, perdonarnos siquiera?
—Pero es nuestra hija, nuestra primera hija, clamaba la madre con los ojos húmedos. No podemos abandonarla por más tiempo; seríamos irresponsables…
Y el miedo, el pavor a esa cosa intangible y absurda que se llama el ridículo, la falta de energía para enfrentársele a pragmáticas sociales por cuya culpa son débiles, injustas y malas todas las gentes acostumbradas a vivir rabiatadas a la opinión ajena, dominaba a aquellos esposos; y otra vez, como en la casa de los señores de Lizcarri —a quienes Dios conservaba en su gloria o el Diablo en sus calderas— el crimen del silencio extendió sus alas, para proteger el buen nombre de la familia.
—Vendrá —resolvió Julio Gracián, tras largo debatir—; vendrá, pero no les diremos nada a ella ni a nuestros otros hijos, ni nuestras amistades tampoco han de saberlo… El tiempo resolverá en el momento oportuno, será una más en nuestra casa… Una… una recogida.
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La presentación de Flora Herminia en la casa de sus padres y de sus hermanos tuvo la sequedad de una borrasca sorda. A un extremo del fastuoso corredor, embaldosado de mosaicos, amueblado con mimbres y exornado de palmas, estaba la muchacha, a quien acababan de apear de un automóvil vestida aún con el uniforme del asilo y llevando en las manos paquetico de ropas.
—Nelly… Lilita… Oscar, aquí tienen ustedes a esta señorita, a quien en circunstancias especiales y deberes ineludibles, que no es el caso revelar, me obligan a traer a mi casa. Ella es muy buena, yo sé que es tan buena como desafortunada; espero que a nuestro lado ha de ser feliz y quiero y pido que ustedes, mis hijos, la traten como a una… amiga… mucho más, como si fuera una hermana. Y tú, Margarita, que la veas y la cuides… ¡como si fueras su madre!
Nelly y Lilita contemplaba la turbación de la muchacha con un impertinente movimiento de cabeza. Oscar, el niño mayor de la casa, irguiéndose en el pedestal de su adolescencia, la examinaba de la frente a los pies, mientras se esforzaba, alargando el pescuezo, en que el humo de su cigarrillo egipcio llegara hasta las narices de su linda huésped.
Flora Herminia, entre tanto, paseaba sus ojos absortos por las paredes, por los cuadros, por los muebles, por los trajes de muselina de aquellas nenas aporcelanadas y remilgosas, que parecían no saber decir sino:
—Sí, papá… Sí, papá…
Una frase que a ella no le habían enseñado y que sus labios no aprenderían a pronunciar nunca.
Le asignaron un cuarto, después del comedor, cerca del servicio, hasta donde la acompañó Misia Margarita, para que se lavase y se cambiara de ropa. Y mientras Julio Gracián, en su habitación, lloraba sin lágrimas su claudicante hipocresía, Nelly y Lilita comentaban en la antesala:
—Mira: está mal vestida pero es más bonita que tú.
—Y más bonita que tú, zoqueta, y no se pinta.
—¡Quien mandaría a papá a meter aquí esa intrusa!
Oscar paseaba por el comedor, haciendo sonar con bulla la cristalería, a pretexto de una sed inaudita, y carraspeando.

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Cuando Flora Herminia se vio sola en aquel cuarto arreglado con coquetería, corrió al aguamanil. Olio el jabón, destapo el frasco de colonia los bibelotes arringlados en el tocador, palpó la muelle colchoneta de la camita de soltera y, en un júbilo emocionado, elevó los ojos al techo raso y dio gracias al Señor y a los señores que le abrían las puertas de una nueva existencia…
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Mas, al desplegarse las ficticias cortinas púrpura y encaje, artera suerte disponíale sendero de zarzas en jardín de martirio…
Pronto comprendió que estaba demás en aquella casa. ¿Quién era ella? Una infeliz sin nombre y sin parentela, a quien la piedad ostentosa de unos señores se daba el lujo de proteger. Verdaderamente, debía gratitud al señor Gracián y a misia Margarita que se antojaron de darle a conocer una posición insospechada en el mundo. Pero Nelly y Lilita la humillaban, con insolencia de superioridad a todas horas. ¿Quién soy yo? ¿Para que preguntárselo? “¿Quién eres tú?”, le habían soltado a boca de jarro, cuando querían rehuirla. La llamaban “Paula Expósita”, en son de burla y sin parar mientes en la presencia de personas extrañas, la recriminaban: “Esto no se come así, Paula Expósita”; “Esto no se sirve así, Paula Expósita”; “Paula Expósita, así no se sienta la gente”. Cuando no le enrostraban faltas de cultura, la acusaban de lo que no había hecho y llegaron hasta a maltratarle y sacudirle, a pretexto de que le coqueteaba a los mozos —¡no tenía derecho!—, a los mozos que cortejaban a las niñas de la casa, ella, que se sentaba en el rincón más oculto y si alguno le ofrecía el brazo no se atrevía a aceptarlo sin mirar a todos como pidiéndoles permiso.
Así, de peldaño en peldaño, de renunciación en renunciación, fue rodando a los mas bajos menesteres de la casa, que cumplía alegre con el servicio, sin extrañarlos porque ya los hiciera en el asilo; sin pasar casi a la habitaciones principales, lavaba y aplanchaba y fregaba platos; era una forma, al menos, de que no se la molestara. En los días de fiestas, nunca había puesto para ella en la mesa; atendía a los invitados y comía después. Además, su deber la mandaba obediencia a los señores de Gracián, que siempre le daban la razón a Nelly, a Lilita y a Oscar y no quería exponerse a que don Julio le repitiera otra vez lo que le había advertido en varias trifulcas:
—Tú eres muy callada, muy mosquita muerta, pero en el fondo tienes mala índole…
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Aquella noche, concluido el baile, Flora Herminia recogía la vajilla y encaramada en un taburete la iba colocando en el aparador. Había sido una fiesta desbordante en obsequios: whisky, brandy, champaña… Oscar había bebido excesivamente, instalado en el bufet con un grupo de jóvenes; no era de explicarse cómo el niño no perdiera la cabeza…
En un momento que Flora Herminia volvióse para buscar más cristalería, sus ojos tropezaron con Oscar, que desde abajo, aún con la camisa de smocking y con los brazos cruzados, la miraba de una manera desvariada; él le tendió la mano para ayudarla a bajar del taburete y luego la apretó con fuerza diciéndole:
—Oye… tengo que decirte una cosa… estás buenísima.
—Y tú estás rascado – le interrumpió ella apartándole —. Vete a dormir.
—No… si te sentí y vine, porque tú tienes que darme un beso.
—Quítate, quítate, mascullaba ella y lo empujaba.
—Un beso, no más… ¿Tú no me quieres? ¿Verdad que tú no me quieres?.
—No! No! Déjame!
Ella retrocedía hacia su cuarto, siempre en lucha. La mano epiléptica del joven desgarraba en rechazados tanteos el corpiño; él logro sujetarle la otra mano y casi unidos entraron en la habitación; la niña trasudaba y resistía, el mozo bufaba como una bestia enardecida. La acorraló contra el ángulo del aguamanil y logró besarla en la boca, pero, en tambaleo de borracho, vaciló sobre sus pies y las manos ágiles y negadas lograron zafarse. Oscar se apoyó en el copete de la cama para no caer y Flora Herminia en un instante, erguida como una amazona y valerosa como una heroína, asió la jarra de porcelana, la alzó contra el agresor y de un golpe se la partió en la frente. El muchacho, pasándose la mano por la cabeza, examinó luego a la luz los hilillos de sangre que le corrían por entre los dedos. Dando un traspiés se retiraba en derrota, pero al llegar a la puerta se detuvo a escupirle la postrera injuria:
—Eres una imbécil… ¡Paula Expósita!
Al amanecer, cuando la sirvienta fue a llamarla, no encontró a Flora Herminia en su cuarto.

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En el locutorio del asilo, entre santos de palo y retratos de benefactores, hablaban don Julio y doña Margarita con la madre superiora:
—Llámela usted, hágala llamar, insinúo el esposo, ella debe dar una explicación, un porqué…

Pocos momentos después entraba Flora Herminia a la sala en compañía de una sor. Al ver a los señores de Gracián, comprendió que venían a buscarla y protegiéndose en la religiosa exclamó:
—No, hermana Mercedes, no me deje llevar, no me den otra vez…
—Debes irte, hija mía.
—No, no quiero que me maltraten más, no quiero que me burlen y me pateen.
—Hija, debes obedecer a los señores de Gracián.
—¿Qué les importo yo a los señores de Gracián?... Las niñas de ellos me aborrecen y su hijo… ¡su hijo es un canalla!
La Madre Superiora cruzó una mirada de inteligencia con los esposos que permanecían de pie, anonadados; y poniendo la mano sobre la cabeza de la muchacha, la conminó con ternura:
—No sabes lo que dices, hijita, no sabes. Los señores de Gracián son tus padres…
Flora Herminia alzó los ojos atónitos, desmesurados:
—¿Mis padres?, interrogó con espanto.
—Sí, y esos que tú dices que te odian, tus hermanos… aquella es tu casa.
—Mi papá… mi mamá… —Y al pronunciar estas palabras jamás por ella pronunciadas, corrieron por sus mejillas dos lágrimas como las que resbalan paralelas en la faz de la Mater Dolorosa y, sacudiendo nervios y cabellera, gritó en un gesto altivo:— No, mentira! Si yo nunca he tenido padres, ni hermanos; no conozco otra madre que usted, Reverenda, ni mas hermanos que los que están allá adentro y tampoco tuvieron padres en el mundo, ni otra casa sino este asilo, y de aquí no me voy!... Madre, yo quiero profesar, yo quiero vestirme de hábito y en el mundo del Señor me llamaré la Hermana Paula Expósita.

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Yo que os relato esta historia, verídica y doliente, os exhorto a que si encontráis algún día por la calle a la Hermana Paula Expósita, con su cesta mendicante, le deis en vuestro nombre y en el mío una limosna para los niños que no han tenido padres.
Tomado de Leoncio Martínez, Mis otros fantoches. Caracas, Élite, 1932, pp. 7-22. Digitalizado por Yobani Marcano. Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, escuela de Humanidades y educación, Departamento de Filosofía y Letras, Venezuela.