Aún, a través de tantos años transconcurridos, cierro los párpados y miro surgir con perfecta precisión, sobre la placa borrosa de mis recuerdos, aquella violenta y trágica sinfonía en negro, blanco y rojo que impresionó mis aterrorizadas e inocentes pupilas.
Tal vez por ser la primera ocasión en que mis ojos de niños vieron sangre y sorprendieron el paño verdusco de la muerte glisando livideces sobre un rostro inmóvil, en suprema contracción de angustia; bien porque en mi ánimo pequeño pudieran influír los aspavientos de los curiosos que se apiñaban, empinándose en torno, para comentar el cuadro, o quizás, porque así, desesperada, retorcida, convulsa, toda dolor y lágrimas, la belleza de aquella mujer, que tantas veces había contemplado en el balcón, frente a mi casa solariega, entre tiestos de geranio y claveles, se realzara, en el momento de tragedia, en hermosura sugestiva y palpitante, lo cierto es que no podré olvidar jamás el lienzo vivo, de una estupenda armonía, donde los undívagos cabellos negros desataban torrentes de sombras sobre la albura leve del peinador, teñido desde el pecho en chorros de púrpura por la sangre del suicida.
Negro, blanco y rojo, resumidos también, como síntesis de pavor y de tortura, en el rostro bello de madona renacentista, por la lobreguez de las pupilas acoliriadas en llanto, la nítida porcelana de las mejillas, tan pálidas que no pudiera precisarse si estaban hechas con la epidermis de las azucenas o con la carne insensible de las estatuas, y la boca —oh, la boca pulposa y deformada en sollozos!— semejante a la herida inestancable de donde brotara, escapando a borbotones, la frente escarlata de la vida.
Negro, blanco y rojo… Por eso, quizás también, por asociación de ideas inmarcesibles, siempre que veo cierta bandera imperial, viene a mi mente la imagen de una bella mujer ondulante y trágica.
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Yo estaba a la puerta de casa, jugando, cuando sonó el disparo. Del tope de un pino, que se erigía tras de larga pared caliza y corralera, volaron en fuga dos pechoamarrillos, asustados. El boticario de la esquina salió al dintel, con una probeta en la mano y mirando hacia el cielo; luego pasaron por la bocacalle gentes apresuradas, borrosas de inquietud; todos convergían hacia aquel punto, como lascas de metal atraídas a un centro de imán; venía de allí un ronco abejeo de cosa grave y me dejé arrastrar, sin darme cuenta, en el cauce de una angustia ignorada.
Ya para llegar a la esquina, oí la voz de mi abuela que me llamaba desde la romanilla, pero no hice caso y me colé entre los grupos fomentados por la curiosidad.
Era a la puerta de la casa grande de dos pisos que angulaba la calle, una casa abajo habilitada para comercio y en cuyo alto vivía ella, la hermosa que en los balcones del costado, fronteros al solarón de mis abuelos, mis ojos de niño vieron siempre en magnífica aparición, tan imposible y lejana como las hadas de las leyendas, como una reina floral, entre los altivos pompones de los geranios y la reverencia cortesana de los claveles.
Ella misma, la que, en el último peldaño de la escalera, en desorden los rizos, implorante las pupilas y torcidas la bella boca plañidera, sostenía sobre las piernas la cabeza desgonzada de aquel hombre, tinto en su propia sangre y de cuya diestra la crispatura final aún apretaba el revólver.
La escalera subía a perderse, cruzando, en el interior del alto y en el descansillo del cruce se apeñuscaban otras siluetas de mujeres temerosas, mientras ella —Lola Enriqueta, nombre para mí de encanto y de misterio, nombre para mi fraterno con el de Morgana y Scherezada— parecía no darle ninguna importancia al anillo ávido de la turba que se estrechaba en torno suyo, ni al eco de las viejas que eslabonaban entre los comentarios un paulatino y gangoso “¡Ave María Purísima!, ¡Ave María Purísima! ”.
Cuando se abrieron paso entre la muchedumbre unos señores muy serios, de los cuales yo no supe definir quiénes eran los hermanos y quiénes los magistrados, la arrancaron de aquella actitud; la cabeza del muerto sonó con golpe hueco sobre el pavimento y a Lola Enriqueta se la llevaron entre dos… Mientras ascendían, ella rompió en una carcajada continua, hipeante, retorcida entre sollozos, desesperada y vibrátil, que parecía alongarse escaleras arriba en una espiral armoniosa y quebrarse en el alto, bajo una cúpula de cristal y de lágrimas.
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Ya al atardecer, en tanto empezaban a encenderse en los largos corredores los fanales de gas, oí contar el trance. Lo relataba a mis tías una viejuca rechoncha y ataviada de negro, que había ido “a acompañar a las de enfrente en su pena” y, de paso, entraba a saludarlas, para aprovechar, también de paso, los goces del cabildeo y las hincadas del comentario sobre la fruta fresca, el suceso del día y que ¡no era nada de lo que había impresionado a la sociedad, puesto que se trataba de gente de pro!
Él, nada menos que Agregado a la Legación de su país, un joven italiano, fogoso, que tenía unos bellos ojos románticos y montaba a caballo con flor en el ojal. Y ella, bueno, ella, una de las más lindas y aristocráticas mujeres de Caracas.
—Lola Enriqueta es coquetísima —afirmó la señora del traje negro, rebullendo en la butaca— y, yo lo sé, había dejado a Jiménez Prieto por el italiano…. El italiano la celaba muchísimo, uf! …. Y hace quince días estaban rotos… por los celos de él, bueno, y por las coqueterías de ella…
Hoy acababa Lola Enriqueta de bañarse y estaba más hermosa que nunca, con una peinadora blanca y suelto ese cabello tan negro y tan bonito que tiene…. Cuando vinieron a llamarla: te buscan.
El italiano aguardaba en el descansillo de la escalera.
—¡Ah! ¿Eres tú? —dijo ella con un mohín y un tonito un poco áspero—. ¿Qué quieres?
—¡Quiero hablar contigo!
—Sube y entra si quieres hablar conmigo; este no es sitio.
—No subo si no me prometes formalmente una cosa….
—¿Qué?
—Quiero que hagamos las paces… que nos contentemos…
—Pues, chico, has perdido el viaje… ¿contentarme contigo? ¡Nunca!
—¡Lola Enriqueta!
—¡Nunca! Tú eres muy celoso, muy violento; y yo no estoy dispuesta a sacrificarme a la tiranía de tus aprensiones.
—Yo seré bueno. Lola Enriqueta, no me digas que no: yo quiero reconciliarme contigo…
—No
—¿Definitivamente no?
—No.
—Pues, si no te reconcilias conmigo, me mato.
—¿Tú? ¡Qué va!
Y la niña torció los labios con un gesto de desprecio. Entonces él, sacando una pistola, se la mostró desde abajo y repitió con firmeza:
—¡Mira, Lola, que me mato!
Y ella —¡qué muchacha!— extremando el predominio que tenía sobre aquel hombre enamorado, le replicó:
—¡Que vas a matarte tú!.... Y le soltó en la cara una risotada burlesca, una sonora carcajada que no vino a frenarse sino al retumbo de una detonación.
El infeliz italiano cayó de cabeza, dando botes, como un ave herida, de peldaño en peldaño, hasta quedar cuan largo era, tendido a la entrada del zaguán. Allí lo recogió ella y puso la cabeza del muerto sobre sus piernas. Ahora está casi loca: no hace sino llorar y reírse.
—Qué imprudencia de niña, acentuó la mayor de mis tías, con un movimiento afirmativo.
Y mi otra tía concluyo suspirando:
—¿No saben las mujeres que con el amor de los hombres no se juegan?
Yo cerré los ojos y ví a Lola Enriqueta llorando….
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Aquella noche, al acostarme, febril de imaginación, en la vasta galería de la casona, miré desde mi cuna de barandas, junto al baldaquino de damasco de la gran cama y a la media luz de una lamparilla de santos, la copia del busto de la Magdalena de Guido Reni —la que había amado mucho— hiciera mi abuelo, viejo pintor aficionado, en sus viajes por los museos de Europa; y poseso de sugestión, adivinando entre la penumbra el desborde espléndido de los cabellos sueltos, los ojos preñados de lágrimas y los labios en un esquince de angustia voluptuosa, parecíame que se tornaban en las crenchas, los ojos y los labios de Lola Enriqueta; y que, ya fuera del marco, al ras de los hombros redondos y desnudos, se prolongaban en el vacío unos brazos serpeantes de desesperación, cuyas manos engarfiaban una cabeza lívida y sanguinolenta: y aquella cabeza era la mía...
Tomado de Leoncio Martínez, Mis otros fantoches. Caracas, Élite, 1932, pp. 23-30. Digitalizado por Nayiber Arquinzones, cursante del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.