Para la vida sin rumbo de Esteban Oláñez aquella casa de vecindad vino a constituir refugio de aburrimientos y centro social, ya que su carácter juvenil, más dado a las libertades universitarias, a la aventurilla fácil y a los cenáculos de literatura que a las fiestecitas íntimas de tisana y dulce de duraznos, lo alejaban del amor virgen, con ventana y puesto fijo en un rincón de la sala.
Aquella casa, una casona colonial de dos pisos, enclavada en un barrio extremo de la ciudad, llamábala “El Paraíso de los pobres” el buen humor de los habituales a ella y, como todos los vetustos solares abueleños, tenía su leyenda de apariciones, de ecos espantables y de pasos sin piernas, diluidos en la sombra, a lo largo de los pasadizos, todo lo cual no era de extrañarse verídico, pues, con la calidad de los habitantes y contertulios, gente moza y amiga de la copa “que enciende el corazón y alegra el espíritu”, y, abundando en las reuniones las hortelanas de la poma donde cuajó el pecado, nada de sobrenatural tenía que en altas horas oyérase crujir de chocozuelas, furtivo abrirse de puertas y el jadeo con que se sube la cuesta en cuyo ápice brotan los tres manantiales del amor, del olvido y de la muerte.
A Esteban Oláñez lo llevó allí, a “El Paraíso de los Pobres”, su amigo, el fiestero, Álvaro, que alrededor de un frasco de encurtidos inventaba un almuerzo, con prolongación a comida y baile por la noche. Álvaro en la casa era “jefe” y ocupaba con su querida, la chinga Ernesta, el cuarto mejor, la antesala, al extremo del corredor claustral. Con la fuerza de la simpatía generosa que alienta en alma de juerga, en bromas y risas perpetuas, Álvaro imponía su jocunda voluntad a todos, desde el amo del negocio hasta la más retraída de las mujeres y los más hoscos de sus amigos; a su voz de imperiosa alegría movilizábase aquella promiscua sociedad, donde alternaban futuros doctores y periodistas en ciernes, un sastre, un fotógrafo, el dueño de un restaurant barato, que tenía sus realitos, “pero sabía gastarlos”, dos choferes con sus querida, un tabaquero, una muchacha, dudosa de si entraba en una escuela de Comercio o en casa de Juanita Lugo, y otra reata de mujeres más que hacían paréntesis de honestidad en el décimo capítulo de su novela, bien porque abrevaran la calma pasajera de un cariño o porque al casero inflexible no se le puede pagar con moneda que no se cuenta.
Entre tales mujeres y en tal vida, Esteban conoció a la que él llamaba La Gitana. Desde el primero momento le impresionó, con orto de tierras remotas, la luz de sus pupilas misteriosas, profundas y grandes, absortas en la nébula de un más allá impreciso. Le cautivó la flexibilidad de bejuco de su cuerpo esbelto y delgado, la boca doliente para sonreír, el matiz cetrino de su piel, donde se adivinaba la triple aleación en que, a través de los siglos y vicisitudes, se fundieron el hierro mohoso de las cadenas etíopes, el azul acero de las espadas castellanas y el oro en bruto del aborigen incauto. Parecíale que aquella mujer no era de donde estaba, sino que había venido andando de muy lejos, de la tierra donde suenan las panderetas y bailan los osos de la montaña negra, que había venido cruzando praderas florecidas de margaritas, bosques espesos y pueblos donde los hombres entretejen sus picudos sombreros con cintas de colores.
Y la bautizó La Gitana.
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Para vísperas de Carnaval, Álvaro había soliviantado un baile “de escote” en “El Paraíso de los Pobres”, ¡la gran fiesta! Irían todas las “niñas” de la casa y algunas más, anunciaba frotándose las manos:
—Un musicón, un sifón de cerveza de los grandotes, para que los que les gusta ir al corral con frecuencia y, para nosotros, aguardiente p´alante!...
Y Esteban pensó en acercarse aquella moche a La Gitana, de quien ignoraba todo, fuese amorosa o perversa, forme o tarambana, si tenía un querido o si vivía sola, porque ella pasaba siempre discreta, hermética, en sentaba retirada de las bulliciosa tremolinas y apenas si probaba, de cuando en cuando y como tímida o desconfiada, una copa de vino dulce…. Y a pesar de insinuaciones e indirectas, dejando ver que La Gitana le interesaba, la chinga Ernesta se había hecho la sorda para ofrecer a Esteban la intervención de sus amistosos oficios.
Cuando llegó al baile tuvo una sacudida nerviosa, semejante a la realización de un sueño no olvidado, el anuncio de una dicha que se espera. Hubo de afirmarse en sí mismo para comprobar si no lo asaltaba un desvarío fantasioso: en el fondo del corredor estaba ella con un pañuelo de olores atado sobre las negras guedejas, un mantoncito de flecos en los hombros, la falda de cúpula erigíase sobre los vuelos del farfalá profuso y, a los reflejos de las bombillas, brillábanle encima, con prodigalidad milagrera, las grandes ajorcas, los collares de cuentas y las pulseras de abalorio.
La Gitana estaba disfrazada… de gitana.
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Al romper la música se dirigió a ella y le ofreció el brazo. Bailaron y Esteban apretaba contra sí el cuerpo vibrante y ágil, que le dejaba adivinar achaparradas durezas, junto con recio calor vital y un perfume inalterado de agua limpia. Después, en el intermedio, en la sombra protectora, sentáronse detrás de un pilar, entre los tiestos con matas y macizos de palmas.
Esteban habló:
—¿Sabe cómo la llamo yo a usted?
—No— respondió ella in mayor interés.
—¿No Sabe?... Entonces, ¿Por qué lo hizo? No puede ser pura casualidad o sugestión que usted haya escogido el traje en que yo la imaginara como usted debiera ser de verdad. La Chinga le habrá dicho algo, para que usted se disfrazara de gitana….
—No, si usted supiera…— y la vio reír por la primera vez con una leve risa.
—¿Si supiera qué?— persistió Esteban
—Que no quería venir sin disfraz al baile, sino como han venido todas; no tenía con qué comprar la tela y cogí la colcha de la cama y me hice un disfraz de lo más barato, de gitana!- su risa repicó de nuevo como una campanita triste y concluyó:-con cuatro reales me compré estas pepas y estos perendengues.
Esteban le miró las pupilas profundas que no parecían mentir y puso un velado intento:
—Pero, ¿por qué no le pidió a… su marido?
—No tengo marido, cortó ella secamente.
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Bailaron otra vez, muchas veces. Esteban no se la dejaba quitar, la tenía monopolizada. Arrastrado por Álvaro, bebió mucho y ella le acompañaba con algo en ciertas ocasiones. La fiesta tornábase baraúnda, locura; se agotaban las botellas por filas y ya habían hecho varias contribuciones entre los íntimos, para comprar whisky, para otro sifón “Para que siga la música”.
Esteban sentíase feliz y no escatimaba el peculio; quería que aquella noche no tuviese aurora o le amaneciese muy lentamente al lado de su Gitana. Ya la cojía de la mano, ya había rozado con sus hombros la punta eréctil de sus senos, ya había apretando contra sí el vientre cálido y le había dicho casi besándola: usted me gusta mucho…. Hace tiempo.
En otro descanso vino la etapa de las confesiones:
—¿Cómo te llamas?
—Dora o Dorila; me llaman así desde chiquita, pero mi nombre es Salvadora.
—Es muy lindo Dorila….
Y se repitió la melancólica historia de todas las caídas vulgares. El amor casual, el abandono premeditado, la chiquilla sin padre, el hambre, la miseria, la venta….
—Yo tengo una niñita y no pude sacarla a ver el Carnaval porque no tiene zapatos; yo soy aquí la más pobre de todas…. Coso un poquito cuando me prestan una máquina. Ellas me ayudan, me dan comida, cuando les sobra; pero, yo les pago bien, les pago con mi paciencia, porque les permito que me burlen y me humillen.
En efecto, poco después pasó una del brazo de cualquier y le dijo delante de varios;
—¡Uhm! ¡Cuidado con eso! ¡Los veo muy apuchungados! Dorila, ¿con qué túnico recibes tú a tus visitas?
Y se perdió bajo la arcada de la escalera en medio de una risotada general.
Esteban conocía los misterios de “El Paraíso de los Pobres”. Sabía de la diplomacia del amo del negocio, el cual, al amago de alguna bronca, sacaba de tras de la puerta de su cuarto un Liniero, para evitar escándalos, porque aquella era una casa respetable; pero cuando veía bajar del alto algún huésped de una sola noche, que no se había pensionado con él, sino al rebujo de una falda, fingíase distraído en componer las matas, agachado, silbando un airecito popular, porque —como decía— el hombre es hombre y todo se puede hacer, con tal que no se altere el orden, ni se le falte el respeto a la familia.
Práctico en las complacencias del patrón para con los de su confianza, Esteban se atrevió a insinuar a La Gitana:
—¿Quieres que me quede contigo esta noche?
—Sí, repuso ella, abandonadamente, pero no bebas más…. Y me esperas con disimulo en el pasadizo del alto, con cuidado de que ellas no te vean, porque mañana me volverían loca y después, me desacreditarían contigo.
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Degeneraba el baile en borrachera soñolienta cuando Esteban trepó la señorial escalera de piedra y aguardó arriba. A poco vino Dorila y lo condujo, llevándolo de la mano, por pasillos oscuros y estrechos barandales.
—Mi cuarto es el último de la casa- murmuró ella- ¡ten cuidado, por aquí
están las tablas podridas y hay un boquete!.
Al final de esta peregrinación angustiante, después de un corredor seccionado por tabiques de coleta y remendado con papel de periódicos, desembocaron sobre un patio, donde glugluteaba la pila bajo el encantamiento de la luna y, al abrir Dorila una puerta, al hedor de los desperdicios amontonados abajo se unió un hálito de ladrillos húmedos.
—Espera, adelantó la mujer antes de entrar.
Al tic de un switche, se encendió el prodigio de la luz sobre la horrura de un enorme desván destartalado, cuyas viguetas desnudas y paredes roñosas contempló Esteban con una apretura de dolor enchapada en vagos miedos. A un lado de la habitación, un catre desnudo con un barullo de sábanas en medio. En otra parte, un aguamanil de deshecho, cajones, ropas en clavos, una vieja silla y, como una irrisión, en el eje de tanta miseria, la lámpara eléctrica con pantalla de cristal rizado y róseo.
La voz de Dorila lo trajo de su ensimismamiento:
—Un momentico, déjame arreglar la cama.
E inclinándose, sacó debajo del catre unas coletas y unos trapos, los extendió en el suelo, los mulló amorosamente con las palmas de las manos y, de entre el lío de sábanas, extrajo el cuerpo de una muchachita dormida. Al ponerla en el suelo y besarla, la chica abrió los ojos y, con un repentismo, como si tuviera también las palabras dormidas a flor de labios y se le hubieran despertado al contacto con la madre, murmuró:
—Mamaíta, ¿me cogiste los coroticos del Carnaval?
—Sí, mijita, mañana, mañana….
Esteban miraba con la carrera de la sangre en parálisis en el hueco de su corazón; de pronto, con movimientos febriles, empezó a registrarse los bolsillos, buscó en la cartera vanamente. En un rincón del chaleco sus dedos tropezaron con una pocas monedas que contó a soslayo: nueve reales!
Y cuando Dorila vino a él nuevamente y le insinuó, penosa, mientras desnudaba el pañuelo, “desvístete”, esteban imitó un balanceo, fingió el inseguro equilibrio del beodo, aunque en verdad la cabeza parecía írsele de su dominio en tropel de pensamientos absurdos, y balbuceó gagueando su comedia sentimental:
—No… Dorila… No puedo… Otro día me quedo mi Gitana… Esta noche estoy muy borracho… Me siento mal… Aquí te dejo esto para que mañana… Le compres los juguetes a la niña…
Y de espaldas, vacilante, emocionado, tropezando contra la puerta y las barandas del balcón, se fue, se perdió en el dédalo de los pasillos tanteando en la sombra.
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Al día siguiente, me contó el lance, con los ojos húmedos de ternura y la voz tocada de piedad. Antes de una semana, Dorila desapareció de la vecindad de “El Paraíso de los Pobres” y Esteban no volvió nunca más a las reuniones.
Ahora, hace poco, una mañana, al detenerse el tranvía en la esquina de Las Gradillas, lo vi en la acera de enfrente. Llevaba de la mano una chiquilla como de doce años, primorosamente trajeada, con un sombrerito hasta la cejas, y en cuyo rostro moreno esplendían las pupilas magníficas, esas pupilas que andan sin moverse y que yo había visto antes, porque eran grandes, obscuras y misteriosas como un destino, como los ojos negros y soñadores de La Gitana…