Por tercera vez, en plazo de cortos años, volvía de temporada a aquel pueblecito donde se goza de reposo y de silencio, no obstante que desde la pequeña estación del ferrocarril se ven, limitando el valle, las manchas oscuras de la capital y de la colina El Calvario. Zanjado por la carretera, el pueblo se divide en dos macizos de casas; y visto desde los collados vecinos, da una pintoresca armonía en verde, blanco y rojo. Los plantíos y las huertas rezuman paz, un lenitivo para el alma y un tónico para el cuerpo; de ahí algunos viejos, a quienes el olor de monte y de boñiga les abre el apetito, han inventado que las aguas del río próximo son excelentes para la dispepsia.
En ciertas épocas las quintas y las mejores casa del poblado son ocupadas por temporadistas que no hayan qué hacer para divertirse, y el padre Regoyo les ayuda en su afán, preparándoles fiestas patronales, misas de aguinaldos o procesiones nocturnas según la estación religiosa.
Como párroco allí el padre Regoyo había celebrado bodas de plata y el pueblo –lo podía decir sin jactancia- era obra suya; lo encontró pequeñito, pobre de fuerzas y ahora le sonreía con las fachadas de sus casas nuevas, con las cintas grises de sus aceras de cemento. La antigua capilla maltrecha no se reconocía en la nueva iglesia cuya tercera nave mostraba aún los ladrillos de la reciente fábrica. La plaza tenía fuente, la casa parroquial arboleda y los ranchos de palma de los contornos desaparecieron para dar lugar a construcciones de mampostería. Por sus influencias, “haciendo política”, según expresión suya, el padre Regoyo encauzaba el progreso hacia el villorrio, transformándolo. Edificó, sembró, atrajo. Enseñó a persignarse a los adultos y enseñaba a leer a los pequeños. Era ─o es, porque todavía sostiene el curato─ un hombre de voluntad y de bien, más si alguno le encomía, repone: “una hormiga del Señor nada más”.
A mi arribo lo encontré en la plaza dirigiendo el trazado de unos cuadros de jardinería.
─ ¿Qué tal, padre, qué nos reservas para esta temporada?
─Una porción de cosas hijito! Por aquí, ya ves –dijo señalándome el jardín y la iglesia─ y por la otra parte, la Patrona, la Virgen, tiene manto nuevo que le sienta a maravilla con su corona; el delegado regaló un cáliz, y tenemos ministro en el pueblo; lástima que sea el Ministro de Guerra, que si fuera el de Obras Públicas ya se arreglaría el acueducto... Jaja!.
Tras una pausa risueña prosiguió con el rostro iluminado:
─Y algo más: tengo un penitente.
─ ¿Un penitente?
─ Sí, hijo, nada vale edificar en la tierra si no echamos cimientos de fe en los corazones, sobre todo cuando en ellos Satán ha sembrado sus zarzas y anidado sus búhos… Y qué malezas hijo, la que tuve que desbrozar: ñagarato puro!
─ ¿Sigue empeñado en catequizar al jefe civil?
─No; ese todavía se la echa de ateo, porque no le ha dado un dolor de barriga… Mi conquista es más importante: un curita español que se presentó con sus papeles mal arreglados, suspendido por la autoridad eclesiástica de Colombia, y lo tengo encerradito en la sacristía, haciendo penitencia, mientras llegan respuestas a las cartas que escribí a España, a Roma, a Bogotá… ¡Qué sé yo!
Y apretándome el bazo con ruda mano de labrador agregó:
-Cuando lo veas te vas a conmover. Es una criatura. ¡Y buenmozo el muchacho! Rezando siempre, de noche lo oigo sollozar desde mi cuarto. Creo que hasta se flagela… Para mí el milagro se debe a nuestra santa Virgen, pues el penitente se pasa horas enteras ante el altar de la Patrona… Vamos a la sacristía.
Cuando entramos al locutorio el penitente estaba allí y no dio muestras de habernos advertido. Mi acompañante hizo una señal significativa y prorrumpió:
-Aquí le traigo un amigo, padre Verdaguer.
Sobre el fondo blanco de la pared, entre el mueblaje antiguo, recio y oscuro, se irguió el joven y parecía enorme. Cruzó un instante con la mía su mirada negra, brillante y luego la recogió hacia la cruz que pendía de su pecho.
La situación se hizo angosta, y, para salir a una charla más abierta, al darle mi nombre exclamé:
-Verdaguer! Como un paisano, el gran poeta mosen Jacinto…
-Sí, señor, Verdaguer; pero no Jacinto, ni poeta, ni grande, repuso con rubor de doncella.
Comprendí la ineficiencia de las citas literarias. El ligero parpadeo con que, de soslayo, me veía el Penitente acabó por angustiarme y fue preciso que el párroco me acorriera:
-Vamos a ver qué hacen esos buenos brutos en mi jardín.
Al respirar de nuevo el aire limpio de la plaza, reanudamos el diálogo.
-¿Verdad que es interesante? Además, ya yo estoy viejo y necesito quien me ayude.
-Y un teniente cura joven, buenmozo, y… Arrepentido, le da cartel a la parroquia, sobre todo entre las muchachas.
El padre Regoyo amenazó pincharme con el cabo de sus paraguas y suspiró:
-Si por mí fuera ya mi curita estaría diciendo misa.
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Días después la presencia del padre Regoyo mañanero en mi casa me sorprendió. Húmeda la cara y a medio vestir salí a recibirle. En su rostro observé una transfiguración: un gesto de llanto que quería ser sonrisa y un brillo de lágrimas en la mirada. El buen viejo no podía contener la emoción.
-¿Apareció la corona? –le grité desde lejos, como para preparar el terreno.
Días antes habían robado la joya de la Virgen del Rosario, la corona de oro con piedras preciosas que tan bien le sentaba con su manto recamado. Todas las pesquisas habían resultado infructuosas para rubor del ateo jefe civil y para rubor mío, que pusimos suma de buena voluntad en hallar algún indicio.
A este recuerdo, ligera contrariedad nubló la faz del padre Regoyo, pero inmediatamente, el clérigo recobró su palidez de trozo de campo después de la lluvia y apretome las manos en jubilosa confidencia:
─Recibí cartas, recibí cartas… Mi pobre Penitente podrá decir misa… Me da miedo la impresión que pueda causarle la noticia y, sin embargo, no quiero retardársela… Por eso te vine a buscar, para que me ayudes en el trance.
Salimos en búsqueda del padre Verdaguer y lo hallamos en la plazoleta, a la sombra de un jazminero nevado de estrellas olorosas, en un banco rústico. Largo tiempo estuvimos hablando de las siembras, del paisaje, de la próxima festividad patronal y, como cayéramos en los oradores sagrados, me pareció oportuno el momento:
-Padre Verdaguer- le dije- dentro de poco lo oiremos a usted en el púlpito.
-Ojalá lo dispusiera así la Divina Providencia.
-Y el padre Regoyo… Él tiene autorización.
Poniéndose en pie de un salto, Verdaguer me interrumpió:
-¿Es verdad, padre, que podré…?
El viejo cura, atónito, vacilaba. Me miró con asombro, volvió la vista al Penitente y vomitó las palabras:
-Sí, sí, hijo mío. ¡Y para decir misa también!
La expresión del penitente cambió por completo. Se le hundieron los pómulos, se le agrandaron las orejas y se ausentó la sangre de sus mejillas. Pálido, apoyado en el tronco del jazminero, mecíase como si fuera a caer. El padre Regoyo lo sostuvo.
-¿Qué tienes?
El Penitente, abrazado al párroco, abrumado, convulso como una histérica, repetía entre sollozos:
-¡Qué bueno es usted, usted es el mejor de los hombres!
Yo, entretanto, temeroso de aquella escena patética que podría resultar ridícula, avizoraba a todos lados por si alguien se antojaba a cruzar en aquel instante la plaza, desierta de costumbre. Lejos, encorvados sobre su cuadro, el jardinero y el ayudante no se daban cuenta de nada, pero experimenté un deseo loco de gritarles: “No vean para acá!”
Confieso que no dejó de conmoverme la escena.
El domingo la iglesia rebozaba de gentes del pueblo y temporadistas que habían ido a oír al Penitente. Fluida, metálica, vigorosa, la voz del padre Verdaguer magnificaba a la gloriosa Virgen e increpaba al sacrílego que se había robado su bonita corona con piedras preciosas. Alternábase en velos de lágrimas, estallidos de cólera, unción de plegaria y ruegos conmovedores. La gente sentía que el curita les llegaba a lo hondo y a no ser por hallarse en el templo, lo hubieran aplaudido.
Tanto es así que, a la salida, una sirviente decía a su señora: “¡Ave María Purísima!... Si el ladrón estaba hoy en la iglesia de seguro que confiesa y devuelve la joya”.
Por desgracia no vimos el milagro. Transcurrió una semana y no vimos la corona, ni tampoco había aparecido tres meses después, cuando finalizando mi temporada agreste regresaba yo a la capital.

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Años después embarcábame en La Guaira a bordo del trasatlántico “Cádiz”, que izaba insignia gualda y roja y parecía estar lleno de chulos desde las bodegas a la toldilla. Caras y chispa de la chulería tenían marineros y camareros, el capitán y el capellán y los que en la tercera se acinaban como piaras, entorno de una cazuela de gazpacho y de una cantimplora de vino.
Entre todos estos típicos rostros ibéricos llamábame más la atención el de un joven a quien advertí al tercer día de navegar y poco después de haber hecho escala en una isla del Caribe. Alto de estatura y fino de facciones al cruzarnos paseando por la cubierta me pareció sorprender en él una insinuación de saludo que disimuló enseguida, arreglándose la visera de su gorra a cuadros. Aunque el traje, por holgado, denunciaba su procedencia de un almacén yanqui de ropas hechas, la tez morena del hombre sombreada de azul por la afeitada reciente y sus andares rítmicos en las caderas me hicieron recordar los toreros y cómicos españoles que había conocido, pero no pude fijar a aquel rostro nombre ninguno.
Una tarde atracó el “Cádiz” al muelle de un gran puerto antillano, donde permanecería cuarenta y ocho horas que los pasajeros nos apresuramos a gozar bajando a tierra.
Por la noche, ya tarde, al entrar en un cafetín del malecón, un saloncillo azul donde Caruso enjaulado en un fonógrafo limaba el són melancólico de una canzoneta napolitana, vi a mi compañero de abordo, en un diván, extendidos los brazos apresando a un par de mujerzuelas que fumaban y reían. En una mesa de mármol, copas y botellas a medio vaciar, y, cerca, las dos únicas sillas desocupadas, pues en torno de los otros veladores parejas análogas compartían júbilo y aguardiente.
Por la curiosidad que en mí despertaba aquel individuo, tentado estuve de ocupar una de las dos sillas, pero un rato de vacilón me hizo ver que estando con mujeres aquello era, por lo menos, una majadería de mi parte.
Pero, cuando me dispuse a marcharme, oí que a mi espalda me citaban. El hombre, agitando su gorra a cuadros, hacíame señas:
-Eh, caballero, no se marche usted! Aquí hay sillas.
Cuando me excusaba como avergonzado de que hubiera podido adivinar mi pensamiento, agregó:
-Es un favor que le suplico; me siento tan solo, a pesar de que estas nenas son tan cariñosas!... Vamos, con tal de que me acompañe le regalo una de las muchachas.
Y empujó hacia mí la que estaba más próxima. Su expresión y ademán delataron que no había sido parco en beber. Palmoteando y riendo, gritó:
-Muchacho, trae más aguardiente!... ¿Usted que toma?
-Wiskey y soda. Pero, antes permítame que me presente.
-Si ya nos conocemos hace muchos años, en su tierra de usted… ¿No se acuerda de mí, de Verdaguer?
-Verdaguer… Verdaguer… –repetía yo haciéndome memoria.
-Sí, hombre, con el padre Regoyo, cuando…
Rápidamente evoqué las figuras de tres años atrás:
-Ah, sí! El padre Verdaguer, el Penitente… Pero ¿Quién lo iba a reconocer con ese traje? ¿Ahorcó los hábitos?
-Por no ahorcarme yo.
Y quitándose la gorra me mostró el occipucio.
-Ya se está tupiendo la coronilla, de aquí a España no quedarán ni señales. Hice dinero en su tierra de usted; qué país tan rico y tan caritativo! Pero estaba loco por quitarme la sotana que me estorbaba hasta para caminar…
Las mujeres soltaron el trapo de la risa. Campaneando el trozo de hielo dentro de la copa de wiskey con soda, veía yo en sueños mi lejano pueblecito, verde, blanco y rojo; y veía a su cándido pastor, el beatífico padre Regoyo, predicando que mejor que edificar en la tierra era echar cimientos de fe en los corazones ariscos. Recordaba el sermón inflamado del penitente y la corona de la virgen del rosario, robada sin que nadie pudiera sospechar quién había sido el autor del sacrilegio.

Transcripción del Bachiller José Jesús Azócar Carvajal para el Curso Especial de Grado Seminario de Narrativa. Departamento de Filosofía y Letras, Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre.
Para esta transcripción los puntos suspensivos se reducen de cuatro, en la original, a tres en la actual. Los enclíticos queda iguales a la redacción del cuento. El estilo del narrador de cerrar los exclamativos se conservan de la forma original.
Glosario
Boñiga: DRAE. 1. f. Excremento del ganado vacuno. 2. f. Excremento de otros animales semejante al del vacuno.
Dispepsia: DRAE. 1. f. Med. Enfermedad crónica caracterizada por la digestión laboriosa e imperfecta.