Entre los cuentistas venezolanos figura Leoncio Martínez con relieves inconfundibles. Al cuento cuya acción se integra con motivos intranscendentales él opone una factura de viva raigambre humana. Bajo la sonrisa que esboza, insinúase un rictus de amarga, de dolorosa protesta. No es Leoncio Martínez de los que edifican el cuento sobre bases autobiográficas aunque en muchos de sus personajes haya un fondo de su propia vida; esto es, un sedimento de autobiografía.
Siendo éste uno de los géneros literarios menos accesibles en virtud de su esquematismo, pocos de quienes lo cultivan pueden mencionarse como cifras de auténtico valor. La corriente freudiana hizo del cuento lo mismo que hizo del poema una modalidad en que lo descriptivo y lo narrativo se desenvuelve en una esfera de incoherencia. Se ofrecen más que problemas vinculados al concepto multitudinario, conflictos aislados, “casos de alma”; es decir elementos para que el psico-analista formule su diagnóstico sobre un personaje cualquiera. Los llamados “complejos”, los fenómenos del subconsciente constituyen el material con que se urde la trama del cuento. Y bien: si esta modalidad suele ofrecernos un nuevo campo, si en ella aparecen los casos clínicos haciéndonos descubrir un mundo cuyos linderos no traspusimos antes, sus tesis en cambio no engloban nunca un conflicto social, de grupo, sino que permanecen dentro del radio de lo individualista.
En el cuento de Leoncio Martínez, aunque no se proscriba decisivamente lo freudiano, lo podemos valorizar como nervio que motoriza la acción, un irreprimido anhelo de justicia social, lo que no significa tampoco que sea él un revolucionario al estilo de esos para quienes la obra se escasilla dentro de los moldes exclusivamente masivos, multitudinarios. Su rasgo peculiar consiste en armonizar dos conceptos como eje de la acción: lo social y lo subjetivo. Si, lo subjetivo porque hay un hondo lirismo en esas narraciones en la que siempre figura un ensueño frustrado “La Cajita de Pintura”, un sentimiento fecundo, eufórico de la vida “El Penitente”, o un acentuado culto de la humanidad “La Mayor de las Gracias”. Es Leoncio Martínez de esos pocos cuentistas cuyos argumentos ofrecen la rara dualidad de lo pueril y lo transcendente. Ambos valores se confunden en su obra. Los motivos son los mismos que forman la urdimbre del vivir cotidiano; sus personajes son esos con los cuales nos codeamos en la calle, en la oficina, en el club, en el balneario. Pero también en el campo saturado por la paralela del surco, o en el clima convulsionado de la fábrica.
Si procurásemos ahondar en la tesis cuyas raíces nutren el cuento de Leoncio Martínez, diríamos que, en cierto modo, ella envuelve el principio roussoniano, según el cual el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, por lo menos tal es lo que se insinúa en “La Cajita de Pintura”, donde el niño recibe en su candidez el primer arañazo con que lo hiere la vida. Sabiendo esto, comprenderemos también que es necesario encerrarse dentro de sí mismo, no con la absurda impermeabilidad del egocentrista, sino con el fin de escudarnos en nuestro mundo interior. Leyendo “Mis Otros Fantoches“ se adquiere la certidumbre de que Leoncio Martínez no se propuso escribir simple literatura, en el sentido adjetivo de la palabra, sino auscultar muchas de las deformidades morales e incluso jurídicas que vician la colectividad. No es un escritor imaginativo, cuyos tipos se muevan en un escenario de irrealidades; cada uno de sus personajes, cualquiera que sea la levadura social con que esté amasada su arcilla, suele perfilarse con las mismas virtudes y con los mismos vicios que encontramos en el diario convivir humano. Seres en los cuales puede amar a un Dios o un Demonio, según esa suma de factores que desde fuera o desde dentro nos inducen a la acción.
Sin embargo, siempre hemos de insistir en ello, sobre el individuo gravitan causas puramente convencionales, a cuyo influjo no es posible escapar si no desafiamos los convencionalismos del medio, sino comenzamos a socavar, con la fuerza de una doctrina el andamiaje mal estructurado de las discriminaciones sociales. En este fatalismo clasista radica gran parte del interés con que solemos leer algunos de sus cuentos. Una estampa bien expresiva en cuanto al poder que ejercen aquellos convencionalismos, la tenemos en “La Mayor de las Gracias”, un cuento, donde sin apelar a recursos artificiosos, se hace la auscultación de un problema ético-social, en el que suelen originarse no pocos dramas de familia. Cuando para satisfacer una regla de “moral” impuesta arbitrariamente, se culmina en extremos como el de reprimir sentimientos paternales, es porque no hemos sabido reaccionar ante ciertas normas exteriores, en medio de las cuales nos movemos mecánicamente, sin autonomía. Queda, para los desheredados un solo refugio: el de los claustros desde donde irradia la claridad, como es el caso de la “expósita” sacrificada por un egoísmo social. Aunque el tema no es nada nuevo, el autor de “Mis Otros Fantoches” lo expone una vez más, pero sin efectivismo sensiblero, raíz de artificio, si no con la conciencia de quién desnuda una deformidad moral, cuyos remedios finca en nosotros mismos. Leoncio Martínez ha preferido localizar sus motivos en el fluir de la crónica diaria, en los casos comunes, en las incidencias de cada momento. Nada de dramatismo desgarrado, nada de esas escenas espeluznantes cuyos desenlaces crispan los nervios: nos hallamos aquí ante una serie de incidencias completamente conocidas. Y esto es lo que, a nuestro juicio, entraña el rasgo sobresaliente de su factura como cuentista; vale decir, la “novedad” que sabe él imprimir en sus narraciones, aun cuando los tipos que intervengan en éstas, podamos encontrarles a la vuelta de cada esquina. Leoncio Martínez hizo sus cuentos como hizo su poesía, amasándolo con levadura de sus propias angustias. Son humanos por eso, tan humano como aquél enfermo, matador de palomas, a quién una morbosa hiperestesia convierte en asesino.
Ni aun cuando describe uno de esos “casos clínicos” pierde sencillez, amenidad, en el estilo; bien sabe que su pluma no es el escalpelo con que pueda hacerse la disección de un alma. Luego, dentro de los cauces normales por donde discurren las reacciones afectivas, hay un elemento que suaviza la violencia de las mismas, o sea que “El Matador de Palomas” no asesina en virtud de un impulso malsano, sino bajo la influencia que él ejerce dos sensaciones afines: “Ya recuerdo más claramente —dice el reo—: lo maté porque una paloma…” En “Los Pierrots Negros” el autor intervenir lo dramático, pero sin truculencias, como desenlace de una aventura de carnaval. Aflora el humorismo picaresco en “Un sombrero de paja DE Italia”, donde la sonrisa se ha quedado enmarcada dentro de un ámbito de frivolidad, sin resolverse en ademán trascendente. Pero si aquí el sondaje no revela profundidad, en cambio sonreímos, y hasta reímos francamente, ante el despecho de la muchacha, cuyo concepto sobre la audacia masculina experimenta su primer desaire.
Siempre, en cada cuento de Leoncio Martínez escucharemos resonar una carcajada, cuando veamos esbozarse una sonrisa; pero en ambos casos destila su acedumbre un pequeño dolor, que bien puede arrancar un anhelo frustrado, o del papel grotesco del personaje, como en “Aire de Mar”. Y es gran cualidad en el cuentista disponer de recursos para ofrecernos el caso de una villanía, el adulterio de Beliza, al par que nos anima un sentimiento de perdón hacia ella. En cuanto al estilo, sin perder uno de sus rasgos: la cláusula breve, asume matices de acuerdo con el tema. Pero cualquiera que sea éste, siempre lo veremos izando velamen de criollismo, de expresiones gráficas, como instrumento utilizado por quien sabe colorear las ideas, plasmarlas. Veamos algunos casos. “Era Isabelita, una de tantas Isabelitas, amiga de noches salteadas, amorosa de cualquier momento y olvido de cualquier madrugón, romántica de versos en alcohol… reina del disparate, hija del que hubo, timón del mañana sabremos…” (“Los Pierrots Negros”), por sobre la pared las molduras toscas de una pila acusaban un segundo patio; luego la chimenea de adobes de la cocina y, más arriba aún, los despilados gradales del corral, donde un copudo guayabo era moña que buscaba adornar siquiera la cosecha del almagre de un tejado (“Eclipse de Sol”). “Fue la boda un acontecimiento en el pueblecito lleno de granjas y de casas cuadradas que parecían haber caído rodando del Avila y que al resbalar por las laderas se hubieran traído engarzadas en los picos de las tejas las enredaderas de los barrancos…” Artistas cuya sensibilidad ante lo armonioso, forma o ritmo, lo induce a plasmar coloreándolas; sensaciones e ideas hay en Leoncio Martínez: escenas en las que se respira sensualismo cuyos elementos se integran a base de armonía. La palabra adquiere entonces la euritmia de esos mármoles esculpidos amorosamente.
Así vemos algunas de las escenas que se describen en “Aire de Mar”, como aquella en que Arcadio, junto a las olas, se reconstituye mentalmente los contornos de Belisa dentro del baño; la imaginaba desnuda, traslúcido, apenas cubierta con el hollejo húmedo de la camisola, altos los senos, fuertes los muslos, blanca, hundiéndose en el mar como una gran azucena invertida…” Sirviendo de marco al fondo del sensualismo con que se anima la escena, la palabra se sutiliza para “sugerir”, conforme sucede con las expresiones “hollejo húmedo” de la camisola (metáfora) y “como una gran azucena invertida” (símil); porque la armonía del motivo en que se inspiran las palabras, deben corresponder éstas con el sentido de la sugerencia.
La transcripción es fiel y exacta; se han conservado las erratas que traía el original.
Eduardo Arroyo Álvarez, “Leoncio Martínez, cuentista”, Revista Nacional de Cultura, 135 (1959), 69-73. Localización: Anabel Torrealba y José Jesús Azócar; digitalización: Anny Herrera. Cursantes todos del Seminario de Narrativa, lapso I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras.