Podría señalarse en la historia de la cuentística venezolana un momento que no sería equivocado llamar de Fantoches, no tanto por la influencia que este semanario pudo ejercer en las letras y en el espíritu venezolanos, como por las características de quienes con mayor asiduidad colaboraron en sus páginas, especialmente su director, Leoncio Martínez.
Es el de Fantoches un signo de realismo crudo, quizá un poco Zola, de fidelidad absoluta al señalamiento directo. Se trata, en términos generales, de “la melancólica historia de todas las caídas vulgares. El amor casual, el abandono premeditado, la chiquilla sin padre, el hambre, la miseria, la venta”. No es el señalamiento directo tipo Julio Garmendia o José Rafael Pocaterra, sino algo orientado a poner de relieve aspectos podridos de la sociedad humana.
Leoncio Martínez siente preferencia en su prosa narrativa por temas bien definidos, que llegan a obsecarle: el de la expósita, el de la violación, el de la prostituta, el del marido burlado, el del jovencito tenorio y crápula, el del alcoholismo. No hay un cuento de este autor que no sea pesimista. Vive siempre en él y en muchos escritores de su tiempo y escuela, cierta peculiar imagen de la muerte que nunca deja de estar acompañada de una carcajada o de una mueca. Por eso, cuando en el cuento titulado Negro, blanco y rojo las autoridades ascendían hasta el cuarto del italiano suicida, la mujer de éste “rompió en una carcajada continua, hipeante, retorcida entre sollozos, desesperada y vibrátil, que parecía alongarse escaleras arriba en una espiral armoniosa y quebrarse en el alto, bajo una cúpula de cristal y de lágrimas”.
De igual manera, en el cuento Aire del mar se nos ofrece imagen parecida, cuando el mar ríe de la estupidez del marido burlado: “Y pasos más allá, en la sombra, en su vaivén de la baja mareas, el mar cómplice reía burlón, cascajeante, arrastrando piedrecitas por el declive de la playa”.
Existe semejanza marcada entre los cuentos de L. M. y aquel teatro de sainete muy del gusto del público grueso hace unos años, fotográfico, salpicado de sal grosera y de mal gusto. Cada cuento de Martínez es, en el fondo, un sainete. Nada hay más teatral que la cuentistica de nuestro escritor. Es el cuento de L. M. como sus caricaturas: de líneas toscas. Careció este escritor de sutilidad, de delicadeza, de buen gusto, en una palabra. Amó las cosas vernáculas, y es por ello por lo que insiste a menudo en poner de relieve el cundeamor, el geranio, el pecho amarillo, entre otras. De ahí la popularidad de que gozó en vida. No cabe duda de que en algunos de sus cuentos sopla un aire de piedad humana, en momentos de ternura escondida. Pero le faltó capacidad para crear caracteres, para penetrar en el alma de sus personajes, para trazar y dominar una acción. Le perjudicó sobremanera un marcado efectismo teatral.
Toda la cuentistica de L. M. se desarrolla a través de ángulos sombríos de lunapar. Negro, blanco y rojo, como Eclipse de sol, como Aire de Mar, es historia de adulterio. El atronado, Maracucho el modelo, Los pierrots negros, Obsesión, La Gitana, tienen a la prostitución y al alcoholismo como ejes centrales. Pero donde culmina el mal gusto de L. M. es en el cuento titulado La declaración. María Antonia, una mujer dulce y buena, con la cual nuestro autor pudo hacer un hermoso cuento, cree que Javier se le va adeclarar. A ello contribuyó la picardía de sus amiguitas. María Antonia cose un buen día, y cuando se encuentra sola con Javier, quien solía visitarla, el corazón acelera sus latidos. Javier tartamudea, vacila, y en el instante en el que María Antonia supone que de los labios de su amigo saldría una tierna y dulce declaración, Javier manifiesta que sólo desea saber cuánto le cobraría por hacerle unos calzoncillos.
No se podría concebir nada más chabacano ni más pedestre. El humor de buena ley, hecho a base de verdaderos contrastes violentos o sutiles, de finas deformaciones de la realidad, se halla ausente de la cuentistica de L. M. El elemento expresivo corresponde de manera exacta a la tónica general de aquélla. En nuestro autor, el estilo, como el dibujo, se resiente por la falta de elevación que se observa en muchos pasajes. Es así como en circunstancias determinadas la palabra “cama” acusa un inequívoco relieve pornográfico.
La alegría, a través de la cuentistica de L. M., es todo momento fugaz; y siempre va a parar a la trastienda sombría de la muerte. Esta no cobra nunca un sentido profundo, trascendente, sino que constituye siempre un simple elemento anecdótico.
No falta en Mis otros fantoches un poquitín de psicoanálisis, es decir, de freudismo. Es en el brevísimo cuadro El matador de palomas: el caso de un tipo en cuyos sentidos dominaba el tacto y que mata una mujer porque su cuello le traía a la memoria el recuerdo de las palomas blancas que destripaba en su infancia.
L. M. gozó en vida –repetimos– de una amplia popularidad. Para ello supo explotar, aparte de las caricaturas de intención política y crítica social, el chiste del sal gruesa, que tantos devotos tiene entre los venezolanos. Mas no era ese el camino que su talento le ha debido marcar. Pudo comunicarle a su literatura, o mejor a su cuentistica, brillo y profundidad; pero, desgraciadamente, no supo o no quiso hacerlo.
Tomado de José Fabbiani Ruiz, Cuentos y cuentistas. Caracas, Cruz del Sur, 1951, pp. 58-61. Digitalizado por Anny Herrera, alumna del Curso Especial de Grado Seminario de Narrativa, período académico I-2013. Universidad de Oriente, Núcleo de Sucre, Escuela de Humanidades y Educación, Departamento de Filosofía y Letras. Se ha conservado un par de erratas presentes en el original.